Una idea central...

Somos La Iglesia católica


Nuestra familia está compuesta por personas de toda raza. Somos jóvenes y ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres, pecadores y santos.

Nuestra familia ha perseverado a través de los siglos y establecido a lo ancho de todo el mundo.

Con la gracia de Dios hemos fundado hospitales para poder cuidar a los enfermos, hemos abierto orfanatorios para cuidar de los niños, ayudamos a los más pobres y menos favorecidos. Somos la más grande organización caritativa de todo el planeta, llevando consuelo y alivio a los más necesitados.Educamos a más niños que cualquier otra institución escolar o religiosa.

Inventamos el método científico y las leyes de evidencia. Hemos fundado el sistema universitario.

Defendemos la dignidad de la vida humana en todas sus formas mientras promovemos el matrimonio y la familia.

Muchas ciudades llevan el nombre de nuestros venerados santos, que nos han precedido en el camino al cielo.

Guiados por el Espíritu Santo hemos compilado La Biblia. Somos transformados continuamente por Las Sagradas Escrituras y por la sagrada Tradición, que nos han guiado consistentemente por más de dos mil (2’000) años.

Somos… La Iglesia católica.

Contamos con más de un billón (1’000’000’000) de personas en nuestra familia compartiendo los Sacramentos y la plenitud de la fe cristiana. Por siglos hemos rezado por ti y tu familia, por el mundo entero, cada hora, cada día, cada vez que celebramos La Santa Misa.

Jesús de Nazaret ha puesto el fundamento de nuestra fe cuando dijo a Simón-Pedro, el primer Papa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella» (Mt. XVI, 18).

Durante XX siglos hemos tenido una línea ininterrumpida de Pastores guiando nuestro rebaño, La Iglesia universal, con amor y con verdad, en medio de un mundo confuso y herido. Y en este mundo lleno de caos, problemas y dolor, es consolador saber que hay algo consistente, verdadero y sólido: nuestra fe católica y el amor eterno que Dios tiene y ha tenido por toda la creación.

Si has permanecido alejado de La Iglesia católica, te invitamos a verla de un modo nuevo hoy, visita www.catolicosregresen.org.

Somos una familia unida en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Somos católicos, bienvenido a Casa...

Contenido del Blog

Los tipos de incredulidad

Por Marimar Planas

Tomado prestado de www.es.catholic.net

Reflexiones a un joven que está perdiendo la fe, a un adulto que ya la ha perdido y a un cristiano inseguro.

Y vamos a empezar por un tipo de incredulidad sin duda el más extendido y que en realidad no merecería el nombre de incredulidad, sino de indiferencia religiosa: no es que no se crea, es que no le interesa creer. Esta incredulidad puede prevenir de dos ángulos diferentes, dando lugar a dos tipos marcados de incrédulos indiferentes: indiferentes por ausencia del valor religioso, indiferentes por sustitución del valor religioso.

A. INCREDULOS POR AUSENCIA DEL VALOR RELIGIOSO

Hogares sin valores religiosos

Con frecuencia se encuentra uno a tipos de éstos: si se les pregunta o si sale el tema religioso en la conversación, dicen que ellos no creen en el Cristianismo. A veces con frase más enérgica, que ¨ellos no creen en paparruchas¨. Depende del interlocutor y el efecto que quieran producir. Pero de todos modos siempre lo dicen con cierta expresión de niño listo, que les dice a sus amiguitos que él ya no cree en los Reyes Magos. Se sienten seres liberados. Y para hacernos ver que, en efecto, se liberaron, nos cuentan cómo de niños iban a misa todos los domingos sin faltar y comulgaban, fueron monaguillos, asistieron a un colegio dirigido por religiosos y hasta pertenecieron a la Congregación Mariana, y como el torero que entra a matar, aducen un último dato: tienen una tía que es monja o son íntimos amigos de tal sacerdote.

Con todos esos datos están queriendo decirnos que su pedigree de catolicismo era inmaculado y sin bastardías.

Y con eso quieren hacer creer y quizás ellos mismos así lo crean, que realmente algún día tuvieron fe, que algún día fueron personas religiosas.

Sin embargo, la realidad es que nunca tuvieron fe, nunca fueron personas religiosas a pesar de sus misas y comuniones y hasta de su tía monja. Están confundiendo creer con practicar. Y algo se puede practicar por muchas razones, aunque no se crea en ello.

Y no les culpo a ellos las más de las veces de que no hayan tenido nunca fe. Son producto de un hogar y de un ambiente.

Generalmente provienen de hogares con un Cristianismo convencional. Para sus padres el ser católico era un encasillado más de los que seguían a su nombre: Fulano de tal, casado, abogado, de tales ideas políticas, fanático de tal equipo y católico: en ese orden. Van a misa los domingos por aquello de que en el grupo social en que se mueven casi todos van a misa los domingos; es lo convencional, respetable y hay que dar buen ejemplo a los hijos. Y de paso hay que estar bien con Dios y cumplir con El, para que El también cumpla con nosotros. Es una especie de soborno o de prima de protección que se le paga a Dios semanalmente. Pero ahí acaba su religión: la corbata que se pone durante una hora los domingos.

Para ellos el Cristianismo no es una respuesta, la respuesta verdadera al sentido de la existencia. No les preocupa, ni les preocupó nunca este problema; nunca hicieron un alto en la vida para pensar cinco minutos corridos por qué y para qué existen y trataron de realizar la importancia única de este problema. Esto no produce dividendos y la vida ya está muy llena de problemas y preocupaciones. Como dice E. Fromm: ¨Hay muchas personas que van a la Iglesia y practican la religión, pero que en realidad son unos conformistas, unos acondicionados: están dando respuestas aprendidas y memorizadas, pero nunca vivieron el problema¨.

Desgraciadamente, este Cristianismo vegetal, hecho de reflejos condicionados, sin haber llegado todavía a la plena conciencia de sí mismo, es el Cristianismo de una masa ingente, aun en los países llamados cristianos. Esto es lo que quiso expresar el protagonista de ¨La Muralla¨, de Calvo Sotelo, después de su conversión: ¨Soy un español, que se ha convertido al catolicismo¨, y sin embargo, casi entra en la definición de español el ser católico.

Y, naturalmente, los hijos no pueden absorber el valor religioso de unos padres que tanpoco lo tenían. Les llevaban a misa, les hacían hacer la Primera Comunión, y otras prácticas religiosas, pero el niño aún creía que eso era parte del convencionalismo social, lo mismo que masticar con la boca cerrada. Practicaban, pero no creían. Eran prácticas religiosas, pero la motivación no lo era y, por consiguiente, eran sólo prácticas, no eran vivencias.

Incrédulos de hogares religiosos

Otras veces, el caso es en cierto modo más triste, porque se trataba de padres, sobre todo madres, que eran sinceramente religiosas y que querían dar una educación religiosa a sus hijos. Pero confundieron el verbo educar con el verbo amaestrar.

¡Cuántas veces se acerca una madre llorando a un sacerdote, acongojada por la actitud irreligiosa de su hijo ya mayor y le dice: ¨Padre, yo no sé qué le puede pasar a mi hijo: si cuando era pequeño yo lo llevaba conmigo a misa, lo hacía confesar y comulgar con frecuencia y ahora se ha apartado de la Iglesia¨. Ahí estuvo el error: que le hicieron ir a misa, no le hicieron que quisiera ir a misa; les obligaron a confesar y comulgar, no hicieron que ellos quisieran confesar y comulgar. No les crearon los valores religiosos, les dieron nada más que algunas expresiones externas del valor religioso. Y eso es como obligar a un muchacho a que se case con una muchacha a la que no quiere, u obligarle a aprender a tocar el piano, que le aburre.

Educar es, ante todo y sobre todo, crear motivaciones estables y permanentes: no es hacer que aprenda a tocar el piano, que le importe, que le interese, que en eso vea un valor grande para él. Les damos a comer la cáscara de la nuez sin la nuez.

Naturalmente, mientras son niños, mientras están bajo la dependencia de los padres, van a la Iglesia y practican la religión. Por otra parte, para ellos no es todavía demasiada carga, es algo que se hace en familia y al niño le gusta estar con su papá y su mamá. Desgraciadamente esto también ha pasado y está pasando en muchos colegios religiosos.

Creyeron que el fin del colegio era hacer a sus alumnos cristianos. Y no más bien hacer que los alumnos quisieran ser cristianos. Confundieron el hacer saber, con el hacer valer; enseñan a sus alumnos muchas cosas acerca de Dios, pero muchas veces los alumnos salen sin que les importe Dios; se les enseñan muchas cosas sobre la Iglesia, pero a lo mejor salen odiando a la Iglesia. Pero, en fin, no estoy dando una lección de pedagogía religiosa, sino exponiendo la trayectoria de este tipo de incredulidad. Sin embargo, el hecho simple es que después de una serie de años de lo que nosotros llamamos educación religiosa, los muchachos muchas veces salen sin el valor religioso: saben religión, pero les importa un comino la religión.

Resultado: la religión no es su ¨hobby¨

Naturalmente, al llegar esa explosión del ser, que es la adolescencia, el ansia de vivir y de gozar plenamente esta vida que están empezando, invade al joven. Y todo aquel débil tinglado religioso se derrumba. Derrumbarse es una palabra sonora y esto fue más bien un desplome silencioso; sencillamente, en cuanto pudieron hacerlo, en cuanto se sintieron suficientemente libres de la influencia paterna, dejaron de ir a la Iglesia, que era lo único relacionado con la religión que hacían. Y lo hicieron sin nostalgias ni remordimientos. Como quién se muda de una casa incómoda, a una amplia, confortable y lujosa. Aquí no ha habido lucha de ideas, no ha habido crisis. Esta incredulidad no ha venido como el desenlace de un proceso más o menos largo de estudio e investigación. Si son sinceros y tratan de revivir su pasado, verán que no ha habido una búsqueda sincera de la verdad. Al Cristianismo no le descartaron por falso, sino por molesto. No dejaron de creer, porque en realidad nunca habían creído.

Me lo decía un muchacho de último año de un colegio católico. Y me lo decía sin fanfarronería, ni adoptar pose de incrédulo, sino más bien creyendo que me estaba dando una razón válida; me decía que a él la religión no le decía nada, que no la necesitaba, que al contrario los actos religiosos le aburrían. Exactamente como yo podría explicar por qué no soy coleccionista de sellos: porque no me interesa, no lo necesito, me aburro. Y no me siento culpable, porque no veo ninguna consecuencia funesta en no serlo. Lo mismo, dicen ellos, que no creen en el Cristianismo, como yo digo que no creo en la filatelia. La religión es un ¨hobby¨ para quien le guste. Pero a ellos no les gusta, comprenden que haya gente a quienes les guste y respetan su gusto. Pero no es para ellos.

Les interesan otras cosas: la vida, el dinero, el placer, los deportes, las muchachas y , por consiguiente, no la echan de menos. En general son gente de poca profundidad humana, superficiales, frívolos, preocupados nada más por lo inmediato y tangible, lo que les da satisfacciones rápidas. Se han quedado en un estadio prehumano o , si queremos, infantil. Existen, pero no son. Existen, pero no han tomado conciencia de lo que es existir, no han realizado la tremenda responsabilidad de existir; no han aceptado el ser hombres. Y no les interesa aceptarlo.

Y si alguna vez, ante la presión de alguien, quieren justificar su incredulidad y darle cierta apariencia lógica, acuden por lo general a una serie de dificultades contra el Cristianismo de una superficialidad y falta de originalidad realmente desconcertante. Que si el lujo de la Iglesia, que si los curas son esto y lo otro, que si la ciencia, etc., etc. Es ese repertorio de dificultades y ataques al Cristianismo que repiten todos esos filósofos y teólogos de café, mientras se tragan una ración de mariscos, mojados con vino o cerveza, convencidos de que son unos profundos pensadores. Nunca les ha preocupado ni les preocupa el destino del hombre, por qué existen y para qué existen.

B. INCREDULIDAD POR SUSTITUCION DE VALORES

Existe una variante de esta incredulidad, que si no es la más numerosa, sí es quizás la de más influencia, porque hace aparecer la incredulidad como un signo de intelectualidad. Es la que le ha hecho respetable y , al contrario, la que hace aparecer a los que creen como unos pobres diablos, como ciudadanos de segunda clase en el mundo de la inteligencia.

Esta característica le viene porque es la incredulidad que se ve en gran parte de los científicos, literatos, artistas, investigadores, etc. Es decir, precisamente en el grupo de hombres que por sus cualidades intelectuales, por su contribución a la cultura y a la ciencia, son la punta de lanza de esta misma cultura y ciencia y son los que con el esfuerzo de sus hombros van empujando la cultura y civilización a metas más altas. Ellos van abriendo brechas y el resto de la humanidad se va colando por las brechas que ellos abren. Y en una gran parte son incrédulos. La fuerza apologética que este hecho encierra a favor de la incredulidad es tremenda, y la impresión que hace en el joven que quiere ser y quiere realizarse, que está en ese período de explosión síquica que hemos visto y, por consiguiente, que quiere identificarse con el grupo humano, que, por así decir, ha sido más y es más, con el grupo de los realizadores, es devastadora.

Un sucedáneo de la religión

Sin embargo, cuando se observa y analiza la génesis y proceso de esta incredulidad no es más que una variante de la anterior incredulidad.

En el grupo anterior, eran los valores materiales: el vivir confortable, el placer, los objetivos principales de la existencia; eran los valores somático-sensoriales; la plenitud del ser físico del hombre. Pero en este segundo grupo es más bien la plenitud de la dimensión síquica del hombre la que se busca.

Podemos dividir a los hombres en dos grandes grupos: aquellos que tienen como objetivo fundamental de su vida el gozar y los que tienen como objetivo el hacer. No es que los primeros no hagan; al contrario, son obreros, médicos, abogados, etc., y , por consiguiente, hacen y hacen cosas importantes. Pero o lo hacen como medio para conseguir los recursos que les hagan llevar una vida más cómoda, más confortable, más agradable, o aunque les interese su profesión por sí misma y el bien que realizan con ella, no les acapara toda su vida, no les absorbe por completo.

Ahora me estoy refiriendo a los que conciben la vida como una vocación total, como un quehacer al servicio de un objetivo concreto; hombres que dedican su vida a hacer avanzar la ciencia, el arte o la cultura. Son los investigadores, artistas, científicos, literatos, políticos, etc., etc. Para citar a algunos representativos de este tipo son un Einstein, un Picasso, un Churchill, un Ramón y Cajal, un Juan Ramón Jiménez. Son hombres poseídos por una idea, por un ideal cuya grandeza, necesidad o belleza sienten profundamente. Pudiéramos decir de ellos que son valores encarnados. Y este valor encarnado en ellos hace con toda su vida lo que hemos visto que hacen los valores con el hombre en un momento dado: la movilizan, la energizan, la polarizan toda ella a conseguir ese objetivo.

Para ellos las cosas tienen interés, tienen más o menos importancia según el grado en que contribuyan a la realización de sus deseos. Lo demás apenas si les interesa. Eso nos pasa a todos en todo aquello que no entra en el círculo de nuestros valores: a mí no me interesa conocer la técnica del curtido de pieles. Lo malo de este tipo, es que en la vida prácticamente no les importa más que una cosa: ella absorbe todo su tiempo, su interés, sus energías. Padecen hipertrofia de una valor; tienen todas las ventajas y los inconvenientes de los especialistas. Fuera de su campo son, con frecuencia, de una incultura verdaderamente enciclopédica, porque cuanto más especialistas, menos tiempo pudieron dedicar a las otras cosas. Por eso se ha dicho que el especialista es un señor que empieza sabiendo casi nada de todo, continúa sabiendo más de menos y acaba por saber todo de nada.

Y esto les pasa con la religión. La religión no les interesa; no la rechazan, no sienten hostilidad hacia ella, sencillamente no les preocupa. Porque su vida está orientada en otra dirección, porque son otros sus intereses. Ni más ni menos que como a un médico, ni le interesa, ni entiende de ingeniería o de derecho procesal.

Tiene otros objetivos en la vida; objetivos que le llenan, que le satisfacen, que le dan un sentido de misión; esta dedicación total es para ellos una cuasi religión. El valor religioso de la existencia, si alguna vez lo tuvieron, va muriendo lentamente y acaba por desaparecer o permanecer aletargado en ellos; porque un valor que n se mantiene, que no se vive, acaba por extinguirse.

Estos son también incrédulos por indiferencia. Tampoco han llegado a esta incredulidad por razones, por argumentos, como resultado de estudios profundos en la materia. Pero a diferencia de la anterior, que fundamentalmente era un hedonista, éste es un realizador. El ha encontrado un sentido a la vida y lo vive, le llena de satisfacción; es verdad que es un sentido de la vida, que no es ¨el ¨ sentido de la vida, pero para él se ha convertido realmente en ¨el¨ sentido de la vida.

Triunfan como científicos, como artistas, como políticos, pero fracasan como hombre en el sentido total de la palabra. Ese sentido particular de su vida o vocación individual no ha sido integrado en el sentido más profundo y vasto de su existencia; porque no necesitan destruir ese destino particular de su existencia, sino integrarlo en su destino total, tomarlo como la forma concreta, en la que ellos van a realizar su destino como existentes, como hombres. Han sido llamados a completar la creación, a que ésta realice todas sus potencialidades, a hacer un mundo mejor para todos los hombres. Pero no les interesa esta visión religiosa o integradora de su vocación humana. Fracasan como seres, al mismo tiempo que triunfan como individuos.

Pero este fracaso como seres no lo siente, no les preocupa, porque está allá abajo, está tapado y compensado por ese otro triunfo como individuos, que está llenando su vida y dándole un sentido grande y noble. Fracasan mientras triunfan, que es el más irreconocible de los fracasos.

Intelectualización de esta incredulidad

Sin embargo, aunque no han llegado a la incredulidad por razones lógicas, después, sí, creen tener razones suficientes para ser incrédulos.

Porque tienen un bagaje religioso sumamente deficiente; en el mejor de los casos, en aquellos que estudiaron religión de niños es la religión que aprendieron en la escuela o en el colegio, necesariamente bastante elemental, aprendida la más de las veces con desganas y memorísticamente. Los profesores de religión en los colegios saben muy bien lo difícil que es la más de las veces esta clase. Por otra parte, necesariamente tienen que comprenderla de una manera más o menos infantil, dada su edad; si no es que además les enseñaron una religión llena de ideas inmaduras e incompletas, caso que no es infrecuente. Yo recuerdo mis clases de religión con aquellos textos despiadados llenos de argumentos y silogismos disecados que tratábamos de aprender para los exámenes lo mejor que podíamos, pero sin interés apenas. Y eso que yo me estaba preparando para el sacerdocio en un colegio y la religión me interesaba, la apologética sobre todo me interesaba profundamente. Y este es el mejor de los casos: porque para muchos otros los conocimientos que tienen del Cristianismo, son los que han ido arrebañando en revistas y periódicos, algo así como la cultura sobre medicina, que los que no somos médicos tenemos, absorbida de revistas, periódicos y folletos de vulgarización.

Naturalmente, con este bagaje religioso es imposible que puedan resolver las dificultades y problemas que sus conocimientos humanos y científicos, cada vez más profundos, les van presentando.

No encuentran solución a estas dificultades y piensan que es porque no tienen solución. No hay que olvidar que las más de las veces, además, tienen interés en que no la tengan, o por lo menos no tienen el interés para buscarla. Pero estas dificultades les proporcionan la estructura lógica que necesitaban para su incredulidad de personas intelectuales.

No voy a detenerme más en esto, porque más adelante analizaremos algunas de estas dificultades más frecuentes; pero sí quiero poner aquí un ejemplo porque sirve de confirmación de lo que estoy diciendo y para explicarlo mejor. Y voy a tomar el ejemplo de un gran científico, de un premio Nobel, de uno de los más grandes matemáticos que ha habido y, por consiguiente, alguien que está acostumbrado al rigor tremendamente lógico de las matemáticas; y que por añadidura también se dedicó a filosofar por su cuenta. Me refiero a Bertrand Russell.

Véase cómo ¨pulveriza¨ uno de los argumentos de la existencia de Dios: el de la Causa Primera. ¨Se ha mantenido que todo lo que vemos en este mundo tiene una causa, y a medida que uno va en la cadena de las causas más y más hay que llegar a una Primera Causa a la que llamamos Dios… Por mucho tiempo acepté el argumento de la Primera Causa hasta que a la edad de 18 años encontré la falacia de este argumento. Si todo tiene que tener una causa, entonces Dios tiene que tener una causa. Si tiene que existir algo sin una causa, lo mismo puede ser el mundo que Dios, de modo que este argumento no vale nada¨. Lo malo no es que esto se le haya ocurrido a los 18 años, lo triste es que esto lo escribió después que tenía ya 50 años. Es una confirmación de lo que decía antes: que un argumento aparentemente lógico le impide a uno seguir investigando y ver si los fundamentos en que se basan son verdad. Porque precisamente el argumento, tal como él lo presenta y sobre el tipo de ¨serie de causas¨ sobre las que él lo funda, es precisamente el argumento en que todos los filósofos cristianos, cuando llegan a exponerlo, caucionan a sus lectores de que no es válido.

No voy a detenerme en explicar esto, porque no viene a nuestro propósito. Pero ya tenemos el primer fallo fundamental; está refutando el argumento que no es, el que expresamente tienen cuidado los filósofos de descartar. Además, está confundiendo causa ¨eficiente¨ con causa ¨suficiente¨. Lo que se dice en filosofía es que todo lo que existe tiene que tener una causa o razón ¨suficiente¨ por la que existe, no precisamente una causa o razón ¨eficiente¨. Es decir, que tiene que tener una explicación de por qué existe: o la tiene en sí mismo, tiene en su misma esencia la razón de su existencia, como el círculo tiene en sí mismo, en su misma esencia, la explicación de por qué es redondo; o la tiene en otro. Y lo que decimos es que el mundo por las propiedades que tiene no puede tener en sí mismo la razón suficiente por la que existe: que no puede ser un ser que exige por sí mismo existir necesariamente, que no puede ser el Ser Necesario, como un cuadrado no puede ser círculo, porque tiene en sus características esenciales algo que le impide ser círculo.

Me vienen deseos de decir aquí lo que le dijo un acomodador de teatro a un individuo mientras examinaba su boleto de entrada: ¨no sólo se ha equivocado usted de asiento, de fila y de sección, sino también de teatro y de día¨.

Este es un ejemplo tomado de su libro Why I am not a Christian. Lo que digo está a principio del libro apenas entrando en maestría, y créame el lector que he tenido que resistir la tentación de seguir citando más ejemplos de ese mismo libro y sólo en las páginas siguientes.

Fuerza real de esta incredulidad

El hecho de que me esté deteniendo en este tipo de incredulidad más de lo que planeaba, se debe al influjo tremendo que tienen este tipo de incrédulos sobre los demás. Da un aire de intelectualidad a la incredulidad; permite a los otros incrédulos de más cortos alcances intelectuales codearse con ellos, lo que les da más seguridad y prestigio en su incredulidad. Sin embrago, esos mismos no acudirían a Einstein o a Heisenberg para que les diagnosticara un sencillo caso de apendicitis, porque en medicina son semianalfabetos y les importa más salvar la vida que haber sido operados por un genio como Einstein. Ni creo que se sentirían más seguros. Pero es curioso el babiequismo intelectual y religioso de una gran parte de la humanidad.

Y si sobre algunos este influjo es más nocivo y deletéreo es sobre los jóvenes. Va el joven a la Universidad con esas ansias de ser, de realizarse, de ser reconocido, propio de esa explosión de ser, que es la juventud y ve a profesores brillantes, de fama nacional e internacional, oye hablar de científicos, artistas, investigadores, etc., que no creen, oye quizás sus comentarios sobre la religión y naturalmente al joven le impresionan.

Es el grupo de personas con el que quiere identificarse porque son los ¨cerebros¨ de la humanidad y automáticamente les extiende un cheque en blanco de confianza. Además le están diciendo lo que él quiere oír. Desde luego que este cheque en blanco no se lo extendería para que le invirtiesen su dinero o le diagnosticaran de una enfermedad, ni siquiera para decorar su casa.

Pero la tentación a concederle esa autoridad en materia religiosa es casi insuperable. ¿Por qué? Porque la autoridad se debe basar en los conocimientos que tienen de la religión. Y ¿cuándo los adquirieron? Estúdiese de cerca la vida de todos esos grandes hombres y señálese cuándo estudiaron el Cristianismo. ¿Cuándo lo estudio Einstein, o Heisenberg, o Plank, o Picasso? Y lo mismo digo de los sabios católicos: aunque su testimonio valga un poco más, porque por lo menos prueba que no ven contradicción entre lo que creen y lo que saben.

No basta ser un genio o tener una gran inteligencia. La inteligencia necesita trabajar sobre datos, y si la inteligencia, la más grande de las inteligencias, no tiene datos suficientes o tiene datos equivocados, no podrá obtener resultados válidos. Y eso aun en su misma especialidad. Einstein no hubiera podido formular su teoría de la relatividad, aun con el mismo talento, 50 años antes porque le hubieran faltado datos. Y tampoco la hubiera formulado, si no le hubiera interesado la ciencia, porque sin este interés no hubiera movilizado sus energías y hecho el esfuerzo extraordinario y empleado el tiempo necesario para resolver este problema.

Y precisamente en nuestro caso faltan las dos cosas: el conocimiento de los datos del problema, y el interés y tiempo para resolverlo. ¿Dónde está, pues, el valor de su testimonio?

Estamos, pues, en el caso anterior. Sólo que por distintas razones. Más nobles, más dignas, lo que se quiera; pero el resultado es el mismo. Por eso puedo decir lo mismo que en el caso anterior: no ha sido una investigación seria del Cristianismo y las otras soluciones la responsable de su falta de fe.

C. INCREDULIDAD HOSTIL

La actitud fundamental que había tras los anteriores tipos de incredulidad –no digo que no haya también mezcladas otras actitudes- es la indiferencia, la apatía religiosa. En el tipo que vamos a estudiar no es la apatía, es la antipatía.

Estos no son indiferentes en materia religiosa. A éstos les molesta positivamente el Cristianismo; les provoca a una hostilidad más o menos intensa. Si para los anteriores el Cristianismo no era un valor, para éstos se convierte en un antivalor. No sólo no creen en él: éstos anticreen en él. Tienen una actitud beligerante.

Cuando hablan del Cristianismo lo hacen en términos agresivos, insultantes o rencorosos. Siempre tienen a mano una serie de hechos denigrantes para la Iglesia y los comentan con fruición: el oscurantismo de la Iglesia, la Inquisición, Galileo, la intolerancia religiosa, la riqueza del la Iglesia, etc., etc. Y lo mismo sucede con los miembros de la Iglesia, sobre todo con los más representativos de ella. Coleccionan hechos escandalosos y poseen todo un anecdotario. Y según las situaciones, interpretan los hechos, sin ser consistentes consigo mismos: si la Iglesia se mete en cuestiones sociales, se está metiendo en política; si no se mete, si hace la vista gorda sobre las injusticias sociales, la Iglesia es la aliada de los ricos. Y naturalmente, como no existe la acción absolutamente perfecta, porque siempre le faltará algo, o podía ser mejor o habrá un punto deficiente en ella, siempre existirá un ángulo que se pueda criticar y es por ahí por donde ellos siempre enfocan las acciones de la Iglesia.

Y es también el tono con que proponen las dificultades y objeciones contra el Cristianismo. No las proponen, las escupen; no esperan una explicación, esperan una confesión; no preguntan, acusan. Si se les explica o se les resuelve una dificultad, ponen una nueva y así ¨ ad infinitum ¨. No se agotarán nunca, porque para ellos y para que el Cristianismo sea verdadero, tiene que explicar claramente todas las realidades, pasadas, presentes y futuras, visibles e invisibles. En realidad no están buscando si el Cristianismo es verdadero, están empeñados en que sea falso. Y no es que yo niegue que en la Iglesia haya muchos defectos, muchas deficiencias, que en su doctrina no haya dificultades; todo es lo acepto, pero no las consecuencias que de ello quieren sacar.

Actitud religiosa hostil y juventud

Esta actitud más o menos hostil, esta rebeldía respecto del Cristianismo es un fenómeno muy universal y extendido que no se limita a la juventud, pero es en la juventud donde se suele dar con más virulencia y agresividad. Más aún, es difícil que es esa etapa de la vida el hombre no pase por una fase de hostilidad mayor o menor respecto del Cristianismo. Y es que no hay mejor caldo de cultivo para que este virus se desarrolle que la sicología que hemos visto de la juventud.

Y empezando por esa explosión sexual que se da en los jóvenes, esa fuerza casi obsesiva a veces, avasalladora, que está buscando continuamente un escape, una satisfacción inmediata. El joven, naturalmente, quiere satisfacer ese impulso, quiere gozar ese placer sin remordimientos, ni sentimientos culpables, gozar plenamente del festín de la vida, y al hacerlo se encuentra con la Iglesia. Con la Iglesia que le dice que eso no debe ser, que debe luchar sin cansarse, a pesar de las caídas, por controlar ese instinto sexual, por refrenarlo, por irlo integrando dentro de la personalidad razonable del hombre.

Y el joven siente lo difícil que es esto, la tensión de lucha que exige continuamente de él; las derrotas, las caídas, y el sentimiento de culpa que las acompaña. Y todo eso se lo debe al Cristianismo, la responsable es la Iglesia que le está pidiendo una moral imposible. Y la acusan de incomprensiva, atrasada, insensitiva a las necesidades del hombre. Sobre todo, cuando ven en tantas películas modernas que el sexo y las relaciones sexuales entre los que se atraen físicamente se presentan como algo normal, como beberse juntos un ¨cock-tail¨ ; en que primero se van a la cama y después se preguntan el nombre; cuando en tantos libros, revistas, conferencias se defiende la satisfacción sexual, en la forma que sea, solo o acompañado, como algo saludable y conveniente, con un ¨barrage¨ tremendo de racionalizaciones. En un mundo así, naturalmente, la Iglesia aparece como la gran Agua-fiestas del goce de vivir. Y a eso se añaden las otras obligaciones que nos imponen: esa misa dominical que resulta como una espina clavada en el costado del domingo, que estropea el plan para irse a la playa o a la sierra, o hay que madrugar.

Rebeldía contra el Establecimiento

Junto a este aspecto se alza también el aspecto más intelectual que irrita tanto, sobre todo hoy día, la dignidad e independencia del hombre. Esa pretensión de la Iglesia a ser infalible y, apoyada en esa infalibilidad, querer imponer a la inteligencia humana una serie de dogmas y creencias que el hombre tiene que aceptar, aunque no las comprenda. Y una serie de normas y preceptos morales, dictando al hombre lo que tiene que hacer, invadiendo el santuario inviolable de su conciencia. ¿Por qué la Iglesia tiene que dictarle al hombre lo que tiene que pensar, lo que tiene que querer y lo que tiene que hacer? La Iglesia es, pues, la enemiga del hombre.

Esta impresión se acentúa por la forma con muchas veces se propone el Cristianismo: como una colección de dogmas, preceptos y ritos que el hombre tiene que aceptar y cumplir, o si no… Es decir, se presenta como algo exterior al hombre, como una camisa de fuerza que el hombre se tiene que dejar poner y llevarla puesta toda la vida; y si así lo hace, se salva, y si no, se condena. Es algo, pues, que el hombre tiene que tragar a la fuerza, que se le empuja por el esófago, mientras se le tapa la nariz, para que no tenga más remedio que tragarlo.

Ahora bien, si todo lo anterior a cualquier hombre le coloca a la defensiva, podemos suponer que en la juventud esta reacción defensiva y de rebeldía tiene que ser mucho más intensa. Recuérdese lo que decíamos, de su alergia a todo lo que fuera imposición, autoridad y aun sólo consejos. Y la Iglesia le viene a dictar toda su vida. ¿Cuál esperamos pueda ser su reacción?

Reacción contra los padres

Esta rebeldía se agrava muchas veces, cuando se han tenido padres dominantes, autoritarios por exceso, duros e incomprensibles, porque entonces el rechazo a toda autoridad se hace casi obsesivo e instintivo. Y si resulta que además estos padres duros e incomprensivos eran unos padres religiosos, que trataron de imponer a sus hijos a la fuerza las prácticas religiosas, entonces el rechazo religioso es tres veces más potente: por ser jóvenes, por habérselo querido imponer a la fuerza sus padres y porque le sirve de instrumento de venganza para castigar a esos mismos padres en lo que más les duele. ¡Cuántas veces, al hablar contra el Cristianismo y la Iglesia, es en realidad contra su padre o su madre contra los que están hablando! ¡Cuántas veces, al rebelarse contra la Iglesia, es contra su madre contra la que se están rebelando, porque la Iglesia les recuerda aquellos rasgos que tanto les molestaban de su madre dominante, sobreprotectora o posesiva, que no les dejaba ser, que tenía que hacer las decisiones por él, y dictarles hasta el último detalle: ¨porque el pobrecito no sabe lo que le conviene ¨o¨ no tiene experiencia¨, ¨se puede hacer daño¨.

El niño también va formando su idea de Dios a base de la relación existente entre él y su padre. El padre viene a ser en el hogar, lo que Dios en el universo. Y si ese padre es un ser duro, tiránico, incomprensible, es muy difícil que la idea de Dios que el niño se va formando no sea también la de un Dios tiránico y arbitrario. Me decía una vez un siquiatra, y otro me lo confirmó, que todos los casos, sobre todo en jóvenes que habían acudido a su consulta y decían que no creían en Dios, eran personas que habían tenido una relación muy pobre con sus padres; no creen en Dios como no creen en su padre. No quiero decir que todos los ateos sean así, pero que en muchos puede haber sido un factor muy importante.

El Cristianismo como enemigo

Todas estas actitudes y otras afines que se entrelazan y se refuerzan mutuamente crean en un gran número de hombres, pero que sobre todo aparece más radicalizada en la juventud, una actitud de rebeldía, de hostilidad más o menos agresiva respecto del Cristianismo y de la Iglesia. Al Cristianismo se le mira como un enemigo que le quiere dominar, que se quiere imponer.

Y, naturalmente, a un enemigo se le odia y rechaza en la medida que uno le considero enemigo y hay que destruirlo o por lo menos hacerlo inofensivo. Y como es esa autoridad que la Iglesia se atribuye, en la que se apoya para imponer su dictadura, es sobre todo esa autoridad de la Iglesia la que se ataca.

Por eso se habrá notado que la mayor parte de las objeciones de estos individuos contra la Iglesia no son primariamente de tipo intelectual, aunque éstas también sean bienvenidas. Son sobre todo, por así decir, de tipo personal, esas que desprestigian o quitan o destruyen la autoridad o las instituciones: son los abusos de la Iglesia, la conducta, las injusticias cometidas por sus miembros, sobre todo si son representativos de ella, la ambición, el oscurantismo, su sed de poder y de riquezas, etc., etc., las que salen primero a relucir. Y después reforzadas por casos particulares de tal obispo o de tal sacerdote que una vez… Y en los 20 siglos de historia de la Iglesia, hay suficientes escándalos, suficientes debilidades, injusticias, contubernios para llenar una biblioteca.

Todo esto hace que dejen de creer en la Iglesia. Esta actitud hostil ha creado sobre todo hoy día una nueva forma de incredulidad. Se hace una distinción: dicen que no creen en la Iglesia, no creen en el Cristianismo organizado, pero siguen creyendo en el Cristianismo, por así decir, libre. Creen en un Cristianismo tal como ellos lo conciben, como ellos creen que debiera ser; pero no se molestan en averiguar si la manera como ellos conciben al Cristianismo, coincide con la manera como lo concibió Cristo. O dan por supuesto que coinciden: porque ellos negarán la infalibilidad a la Iglesia, pero es para atribuírsela después a ellos mismos. Creen en un Cristianismo sin autoridad, sin jerarquía, sin estructuras; un Cristianismo que se reduce a ese mensaje de amor y de paz predicado por el dulce Nazareno.

Podan ese mensaje de todo su contenido dogmático, sobrenatural, sacramental, jerárquico y lo dejan reducido a un mensaje aéreo y melifluo de amor universal. Bombones para todos. Naturalmente un amor que no obliga a nada, que no compromete a nada, sobre cuya práctica no hay que rendir cuentas a nadie. Un Cristianismo sin Papa, sin obispos, sin sacerdotes, o en el que a lo más éstos son los mandatarios del pueblo, no los mandatarios de Dios; que sepan acomodarse a las debilidades humanas y que hagan leyes que se vayan acomodando a estas debilidades según van cambiando los gustos de la gente. En una palabra, que las leyes sean la expresión de lo que hace la gente, no de lo que debe hacer. Así el Cristianismo se ha vuelto inocuo y se le puede permitir vivir. Pero el problema ahora es si este Cristianismo vale para algo.

Una guerra de independencia

De nuevo en esta incredulidad hostil se está eludiendo el gran problema. Aquí no existe una actitud de sinceridad, de búsqueda desinteresada, de preocupación honda y auténtica. Aquí se está únicamente tratando de eliminar el Cristianismo, de liberarnos de él porque no nos gusta, porque nos oprime, porque nos coarta. Si realmente hubiera esta preocupación sincera, no fijaríamos nuestra atención exclusivamente en lo malo que hay en el Cristianismo y en la Iglesia: a todos nos parecía injusto y falso que nos juzguen sólo por nuestros defectos.

Lo segundo, trataríamos de averiguar si el hecho de que en el Cristianismo haya todos esos defectos de que hemos hablado, da derecho a concluir lógicamente que el Cristianismo no es divino, o si se debe a otras causas que no tienen que ver nada con su verdad o falsedad. ¿Acaso el que un niño de 4 ó 5 años apenas si razone, viva de fantasías, nos da derecho para concluir que no tiene inteligencia? ¿O el hecho de que la penicilina no cure a muchos enfermos de pulmonía, se debe a que no es verdaderamente eficaz contra esos microbios? ¿No puede ser que no se haya aplicado en la concentración debida, o a que el enfermos sea alérgico a ella, o el enfermo n se la deje poner? Más aún, ¿es que, aunque el Cristianismo fuera verdad, no hubiera pasado más o menos lo mismo? Porque a no ser que el Cristianismo fuese algo que destruyese la libertad del hombre, algo que una vez aceptado cambiase al hombre aun en contra de su voluntad, que no exigiese ningún esfuerzo personal, entonces si; entonces tendríamos derecho a concluir que el Cristianismo es falso, porque no es eficaz para hacer buenos a todos los que dicen ser cristianos.

Pudiera parecer que esta actitud hostil del Cristianismo es peor que la indiferencia. Pero no es así. En realidad, están más cerca del Cristianismo que los anteriores. El Cristianismo sigue existiendo en ellos a través del odio. La muerte del amor no es el odio, es la indiferencia: cuando una muchacha ve al que fue su novio con otra muchacha y no le importa nada; cuando la esposa oye llegar al esposo a las 3 de la madrugada y se vuelve a dormir enseguida tranquilamente, el amor ha muerto.

Por eso también, este tipo de incrédulos tienen más profundidad humana que los anteriores porque se están defendiendo contra algo y nadie se defiende de algo a lo que no le de importancia, a lo que no sospecha que pueda ser trascendental. No existen hoy en día incrédulos del dios Júpiter ni de Blanca Nieves.

D. INCREDULIDAD HUMANA

Absolutización del hombre

Este tipo de incredulidad es característica de nuestro tiempo como cultura: en segunda veremos por que. Es lo que pudiéramos llamar la absolutización del hombre. Es un tipo de incredulidad ampliamente difundida en vastos sectores intelectuales y menos racionalizada, con menos empaque intelectual en una gran masa de la población. Más que un sistema lógico deducido, es un sistema de valores vivido y racionalizado.

En este sistema el hombre pasa a ocupar el centro del universo, se absolutiza y se construye en norma de lo que es bueno y lo que es malo y, por consiguiente, de lo que debe existir y lo que no debe existir. El postulado lógico subyacente en este sistema es que lo que no es bueno para el hombre, no debe existir, no puede existir; por consiguiente, no existe. Se constituye, también, pues, en criterio de lo verdadero y de lo falso. Existe lo que es bueno para el hombre; no existe lo que es malo para el hombre. Es el valor el que decide de la existencia de la realidad, no la realidad la que decide de la existencia del valor: las cosas no existen primero y después son buenas o malas, sino al revés, las cosas son buenas o son malas, por consiguiente, existen o no existen.

Este enunciado, que como principio lógico nos parece absurdo, existe en nosotros, sin embargo, como tendencia. La exclamación instintiva de una madre cuando le anuncian la muerte repentina de un hijo o del esposo, es: ¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Eso es imposible! No puede ser, no es, porque no debe ser; porque no debe morir, no ha podido morir, luego no ha muerto. Sólo después, cuando la cruda realidad se impone, lo va aceptando lentamente.

Este mismo proceso sicológico es el que subyace en este tipo de incredulidad. Por eso he dicho que no es un sistema lógico deducido, sino un sistema de valores vividos; es decir, es primariamente una vivencia: la vivencia de un valor. La madre vive el valor hijo; aquí se vive el valor hombre. Es el humanismo llevado a sus últimas consecuencias.

A esta absolutización del hombre se puede llegar de dos maneras: de una manera lógica y de una manera vital. La primera sería el resultado de un proceso lógico. Esta forma lógica se lograría si, en virtud de argumentos y razones lógicas, se llegase a demostrar que Dios no existe. En este caso el resultado lógico sería que el hombre es el ser supremo del universo, allí donde el ser ha logrado su máximo exponente. No tendría, pues, encima de sí, ningún otro ser que lo mediatizara, del que tuviera que depender, al que tuviera que rendir cuentas. Sería autónomo e independiente. Este humanismo sería legítimo, porque estaría fundado sobre razones válidas.

Pero no es así como se ha llegado a esta absolutización del hombre: no se ha llegado por una vía lógica, sino por una vía vital. En virtud de la dialéctica de la tendencia más profunda en el existente humano.

Génesis de esta incredulidad

Todo ser inteligente se siente existiendo primariamente para sí mismo: quiere ser, quiere ser totalmente, completamente; quiere desarrollar todas sus potencialidades e impulso, satisfacer todas sus necesidades y deseos.

Esta tendencia es la fuerza impulsora que está detrás del desarrollo del hombre. La marcha del niño desde el momento de la concepción es para lograr esta plenitud de su ser físico y síquico. Ya lo hemos visto. Es una guerra de independencia librada primariamente contra sus padres; va buscando ser él, plenamente ser él, un yo independiente del yo de sus padres. En esta guerra de liberación, el niño y después el adolescente, va ocupando todo el territorio que han ido abandonando los padres –si saben serlo-; o el que él les ha ido tomando por sí mismo a la fuerza. A medida que en un sector de su vida ya no necesitaba de sus padres lo iba ocupando y proclamándose dueño de él. Allí sólo valían sus decisiones. En general esto es normal. Al llegar un momento de liberación total, asume sobre sí toda la responsabilidad de sí mismo. Ha sido un proceso doble: una afirmación cada vez más fuerte del propio yo y una negación cada vez más fuerte de la dependencia de sus padres. Ha avanzado afirmándose y negando. Hasta que logró construir a sus vida independientemente de sus padres. En este sentido sus padres para él ya no existen.

Un proceso similar, ya lo indicábamos más arriba, se ha producido en la Humanidad respecto de Dios: al fin y al cabo la Humanidad no existe, sólo existen los hombres y es lógico esperar que en situaciones parecidas reaccionen de una forma parecida. La Humanidad también ha pasado por una etapa infantil en la que dependía fuertemente de Dios. Se sentía amenazado por las fuerzas del cosmos que parecían aplastarle, se sentía inseguro. Su instinto de ser y de conservación le empujaba a buscar protección en Dios o los dioses. Había un dios contra cada fuerza de la naturaleza. Pero poco a poco fue dominando esas fuerzas que le amenazaban, les fue perdiendo el miedo, fue adquiriendo seguridad en sí mismo. Y a medida que no iba necesitando a Dios, a medida que él iba asumiendo el cuidado de sí mismo, fue desplazando a Dios del mundo. Ahora ya se siente más seguro, ha ido comprendiendo a la naturaleza y sus leyes y las ha ido dominando; y tiene confianza de que lo que le falta acabará también de dominarlo. Además, y sobre todo, saben que esas amenazas se deben a la naturaleza y a sus leyes y estas leyes no se las puede desviar; ha aprendido también a aceptarlas y hacerlas frente con coraje.

Ya no necesita de Dios. Dios ha cambiado de signo para el deseo de ser del hombre: antes el hombre lo necesitaba para ser; ahora lo ve como un impedimento para ser más. Y quiere eliminarle, quiere como él completamente, sin estorbos ni tutelas; quiere asumir la total responsabilidad de sí mismo, quiere no tener que consultar más que a sí mismo al hacer sus decisiones. Dios le estorba. Y tiene dos caminos para eliminarle: Unos se hicieron un Dios inofensivo, un Dios que necesitaban todavía como explicación del mundo. Pero que una vez que creó el mundo se retiró a su Empíreo a seguir gozando las delicias de ser Dios y dejó a los hombres tranquilos. Una especie de rey constitucional del universo que reina pero no gobierna. Era el hombre, el que dictaba sus propias leyes y Dios las aprobaba, o mejor dicho, no se metía en eso.

Este fue el deísmo que como sistema ideológico reinó sobre todo en los siglos XVIII y XIX y que como actitud vital sigue vigente en una gran parte de los hombres. Estos legislan, aprueban o sancionan, como si Dios no existiera: es sólo lo que le conviene al hombre, lo que se tiene en cuenta; es sólo eso lo que determinan las leyes.

El asesinato de Dios

Pero el hombre, a pesar de todo, sigue siendo un animal lógico y no puede menos de percatarse que, mientras Dios exista, la supremacía del hombre no es más que un mito, un pedazo de ¨ wishfull thinking ¨. Que si Dios se preocupó del hombre para crearle, no hay razón para que no se siga preocupando de él; que, si puso una serie de leyes físicas y quiso que se cumplieran, con más razón tuvo que poner unas leyes morales y querer que se cumplan, tanto más, cuanto vale más el hombre inteligente que la materia. Pero sobre todo el cristianismo viene a quitarle al hombre todas las ilusiones de que Dios no se preocupa por él. Por consiguiente, ese Dios seguía amenazando el ser del hombre; seguía interfiriendo. Mientras ese Dios exista, el hombre no puede existir plenamente; no puede tener en su mano el control último de sus decisiones, tiene que seguir subordinado a ese Ser.

¨Un ser cualquiera, dice Marx, no es independiente a sus propios ojos más que cuando debe su existencia solamente a él mismo. Un hombre que vive por la gracia de otro hombre se considera como un ser dependiente. Pero yo vivo completamente por la gracia de otro, cuando no sólo le debo la conservación de mi vida, cuando es su origen¨.

Por consiguiente, para que el hombre se, es necesario que Dios no sea. Dios no debe, pues, existir, luego no puede existir, luego no existe. No es que el hombre niegue propiamente su existencia, es que no le deja existir.

Puede hacerlo, porque Dios, como cualquier otra realidad, necesita del pensamiento del hombre para existir para el hombre. Si el hombre no le quiere, no lo razona y lo piensa, Dios no tiene existencia lógica ni sicológica para el hombre: no está en él ni como valor ni como idea. Y por otra parte, Dios no se le impone al hombre como un hecho que es dado, como se impone un dolor de muelas, aunque no se le quiera, aunque no se le piense.

El hombre puede, pues, impedir que Dios exista para él. Y es como si no existiera: porque aquello que yo no sé que existe, o que no lo pienso, en realidad es como si no existiera. Y esto es lo que sucede aquí: no se le elimina de la existencia por razones lógicas, sino que no se deja surgir, no surge en virtud de que se está viviendo un valor, dentro del cual su existencia no tiene sentido. Al hombre avaro, que se pasa contando día y noche su dinero, no tiene sentido coger ese dinero y tirarlo por la ventana: por eso esa idea ni surge en su cabeza, es decir, no la deja existir. La vivencia del valor dinero la impide existir. Esto es lo que pasa con este tipo de incredulidad; la vivencia del valor hombre no deja existir a Dios, porque Dios no tiene sentido dentro de la vivencia plena de ese valor.

Camus lo ha dicho bien claramente: No es que él no sea religioso porque quiere estar en la verdad, sino porque quiere permanecer fiel a su experiencia; no es cristiano, no porque reconozca que el Cristianismo es falso, sino porque ha quedado excluido de él, porque no ha podido entrar allí, no es sensible a sus valores, su vida es otra cosa distinta. Como dice E. Balducci: El no ha sentido jamás la muerte de Dios, porque no ha sentido jamás su nacimiento. Inútil, pues, preguntarle por qué es ateo; respondería no ver ninguna razón para no serlo.

En definitiva, esta actitud es tan vieja como el Génesis: ¨ Seréis como dioses y podréis conocer el bien y el mal ¨. Es decir, podréis decidir del bien y del mal. Cuando la serpiente decía esto, no estaba más que anunciando y explotando esa tendencia innata en el hombre. Y toda la historia de la Humanidad ha sido una progresión constante para conseguir este objetivo. El círculo que se inició en el paraíso, se ha cerrado en nuestro tiempo y hemos vuelto otra vez a donde estábamos al principio. La Humanidad como un todo ha vuelto a vivir el mismo proceso que vivió Adán el individuo. Y con las mismas consecuencias: porque una actitud así hace también inhabitable la tierra; el patrimonio del hombre entonces es la desesperación y la angustia.

Nada de lo que hace tiene sentido, él mismo no tiene sentido; no es más que una burbuja que se forma y después desaparece. ¿Para qué sacrificarse, si no existe el bien ni el mal? ¿Por el bien de la Humanidad? ¿Para que otros hombres, mis coetáneos o mis sucesores, sean más? Y, ¿por qué voy yo a ser menos para que ellos sean más, si al fin y al cabo, son también seres sin sentido como yo, burbujas como yo? El más hombre sería entonces el que más triunfase, el que más pudiese satisfacer sus instintos y tendencias, el que más pudiese ser. Omo no existe el bien y el mal, cualquier método es lícito. Al Capone no es tan bueno como San Francisco de Asís: cada uno quería ser una cosa y lo consiguió: Hitler y Stalin también tenían razón. Querían ser. Afortunadamente lo que les pasa, es que en la vida práctica no sacan todas las consecuencias de aquello en que dicen creer. Su natural honestidad se los impide. Les pasa lo que a nosotros los cristianos, que tampoco sacamos todas las consecuencias de aquello en que decimos creer.

A mi entender, esta actitud no es más que una especia de esquizofrenia existencial mitigada. Y por eso de una manera completa se da sólo en ciertos individuos. Es la esquizofrenia del individuo que cree que el ser Napoleón le haría ser muy importante, y sencillamente se cree Napoleón. Pero todos más o menos, si no nos creemos que somos Napoleón, quisiéramos serlo. Por eso decía que esta actitud como estado de conciencia se halla en todos nosotros más o menos y eso basta para que muchos eliminen a Dios de sus conciencias.

En el fondo no es más que compensación al complejo de inferioridad que los hombres padecemos. No hemos aceptado ser inferiores; queremos ser el Ser Supremo; queremos decidir lo que es bueno y lo que es malo, lo que debe existir o no debe existir. Damos la existencia en nosotros y para nosotros o la negamos según nos parece. En nuestro mundo subjetivo, en el que vivimos, el único que cuenta para nosotros, porque para mí nada existe y nada vale, mientras yo no constate que existe o que vale, ahí, en ese mundo, yo me siento Dios.

Y puedo seguir en esta ilusión, porque el verdadero Dios no va a venir a desilusionarme. Porque Dios no es un virus o un terremoto que no debería existir, que el hombre no quiere que exista, pero que no puede ni siquiera ilusionarse que no existen, porque sabe que piense lo que piense, los virus y los terremotos le impondrán su existencia. A Dios, en cambio, le puede negar la existencia y no pasa nada, todo sigue igual.

El orden del ser y el orden del valer

Pero el hombre es un Dios de barro. Porque quiera o no quiera, le guste o no le guste, lo piense o no lo piense, el orden de los valores se funda sobre el orden de los seres. Primero se es algo y después se es bueno o malo, útil o inútil, agradable o desagradable: Este aparato es un televisor, por lo tanto es útil, me conviene; y no lo decimos al revés: Este aparato me conviene que sea un televisor, por consiguiente, esto es un televisor; esto me conviene que no sea cáncer, luego no es cáncer. Más aún, es el mismo ser de las cosas el que es bueno o el que es malo. El oro es bueno, vale, porque es oro; el oxígeno vale para respirar, porque es oxígeno.

Y esto lo sabemos; y conforme a esto arreglamos nuestra conducta en la vida ordinaria, donde sabemos que si no aceptamos el ser de las cosas, éstas nos destruyen; y no me tiro por un barranco imaginándome que puedo volar, porque sé que me aplasto. Pero en lo que yo sé que no van a venir a refutarme, ahí puedo vivir de ilusión; y vivimos de ilusión, porque esa ilusión por el momento, por lo menos, nos hace felices. Sólo en el terreno religioso somos capaces de pensar de esa manera.

Este tipo de incrédulos tampoco tienen, pues, la actitud religiosa auténtica, el valor religioso radical, no les importa en realidad averiguar cuál es el destino real del hombre y el sentido y destino de su existencia. Sólo aceptan una respuesta; quieren esa respuesta, no la que el análisis sincero de lo que es el hombre, de sus situación existencial, les proporciona.

El coraje de aceptar ser creaturas

Y tampoco tienen el coraje de ser hombres, el coraje de existir tales cuales son: no aceptan ser cabos, sólo aceptan ser napoleones. Y, en definitiva, tampoco se van a poder realizar como hombres.

Más aún, si quieren, estoy de acuerdo con ellos, que el fin del hombre es realizarse, es ser plenamente hombre; pero siendo plenamente lo que es ser hombre; pero siendo plenamente lo que es ser hombre, no lo que yo quiero que sea ser hombre. El hierro se realiza siendo total y plenamente hierro y si tratara de ser oro, reaccionar y actuar como oro, no se realizaría, sería un ser frustrado, porque para realizarse como oro hay que ser oro. Y si un gato pretende ser perro, no será ni gato ni perro; para ser perro, sólo hay una solución: ser perro. Y si el hombre es una creatura, entonces el hombre sólo podrá realizarse plenamente aceptando esa creaturidad sin nostalgias de Ser Absoluto. Hay que tener el coraje de ser creaturas, el coraje de ser dependiente y dejarse de snobismos de Ser Absoluto, si no se es Ser Absoluto. Porque la realidad se acaba por imponer siempre.

Yo sé que ellos echan en cara a los creyentes que creen en Dios porque necesitan de Dios; porque, dicen, no se atreven a enfrentarse a la vida solos, porque necesitan sentirse protegidos por Alguien allá arriba que vela por ellos. Y después hacen párrafos grandilocuentes y desgarrados sobre la grandeza única de encararse a la vida solos, de torearla a cuerpo limpio, de caminar por la vida con pie firme y marcando el paso sin necesidad de muletas protectoras.

Pero todos esos párrafos de tragedia griega no son más que pura retórica. Discursos para embriagarse con los aplausos de la galería. El coraje está en torear toros de verdad; no en torear toros imaginarios. Lo que pasa es que en realidad no estamos desafiando a nada ni a nadie. Porque ese Alguien a quien están desafiando y cuya existencia niegan, saben que no viene a desmentirles, que no se va a defender. Son valiente de barrio que lanzan improperios y levantan el puño desafiantes, cuando saben que el otro no les oye. A pesar de todos esos pujos de autenticidad, suenan terriblemente inauténticos.

Lo valiente es aceptar lo que sea: si la realidad da que realmente no existe Dios, entonces hay que tener el coraje de encararse a una vida sin sentido. Pero si resulta que hay Dios, entonces hay que tener el coraje de aceptar y enfrentarse a su propia creaturidad.

Naturalmente que, si existe Dios, entonces podrá ayudarnos, podrá defendernos, podremos acudir a El y esperar en El. Como si existen los padres, defenderán a sus hijos, les ayudarán y los hijos podrán acudir a ellos. Pero decir que Dios existe porque los hombres lo necesitaban para sentirse protegidos, es como decir que los hijos han inventado a los padres, porque necesitaban sentirse protegidos; o que el hombre inventó el agua, porque tenía sed.

Además, ¿no se podía darle vuelta a la acusación que hacen a los creyentes y decir lo mismo de ellos? ¿No se puede decir de ellos que querían sentirse independientes, ser autónomos y por eso inventaron que no había Dios?

Porque si es fuerte la necesidad o el deseo de sentirse protegidos que tienen los hombres, es mucho más fuerte la que tienen de sentirse independientes; más aún, en realidad, sobre todo hoy día, estamos más conscientes de que lo mismo contraen cáncer los que invocan a Dios, como los que no lo invocan. Y lo mismo fracasan en sus negocios los que creen en Dios, que los que no creen en El. De modo que esa protección es muy problemática.

Evidentemente que muchos de los que creen en Dios, creen el El porque lo necesitan, quizás exclusivamente por la seguridad y protección que eso les da. Es una de las ideas inmaduras de Dios, que tienen muchos hombres, y de la que más adelante hablaremos.

Contra éstos, sí, valen las acusaciones que mencionamos más arriba. Pero en ningún libro de filosofía o teología he visto que la existencia de Dios se pruebe por la necesidad que el hombre tiene de Dios. Más aún, no tengo reparo en admitir, si se quiere, que este deseo haya podido ayudar al hombre a descubrir a Dios. ¨ Como el hecho de que las primeras leyes de la geometría fueran debidas a la necesidad práctica de la irrigación del Delta del Nilo, ni le añade ni le quita ala validez de esas leyes¨, dice Mircea Eliade. El que Max Plank descubriera la teoría de los ¨ Quantum¨ de energía por amor a la ciencia, o por amor a la fama, o por ganar el premio Nobel, ¿le quita que eso sea verdad, si las razones en que se apoya lo son?

Este tipo de incredulidad incluye numerosas variantes, pero todas ellas coinciden en los mismo: se absolutiza un valor; el hombre, la libertad, la cultura, la economía, el Estado, lo que sea; y desde ese valor se juzga de las cosas y del sentido de la vida. Todo lo que se integra dentro de ese valor es bueno; lo que no, es malo y no se le da la oportunidad de existir. Al revés de cómo vemos cómo son las cosas: el valor es el jinete sobre la realidad; aquí no, aquí el caballo va sobre el jinete. Falta, pues, también aquí la actitud auténtica de búsqueda, falta la sinceridad.

E. LA INCREDULIDAD SEUDO-AUTÉNTICA

Llegamos, por fin, al tipo de incredulidad que he llamado seudo-auténtica y a la que no puedo llamar auténtica porque, si fuera auténtica, estaría admitiendo con eso mismo que la fe se puede perder legítimamente, es decir, en virtud de razones objetivamente válidas y, por consiguiente, este libro, que piensa probar lo contrario, sería una estafa.

Pero la impresión subjetiva que este tipo de incrédulos tiene y que no dudo que muchas veces es sincera por lo menos, como he dicho, a nivel consciente, es que no creen porque sencillamente no pueden creer; no porque no quieran creer. Más aún, muchas veces, y esto les confirma más en la conciencia de su sinceridad, sienten nostalgias de la fe que perdieron, quisieran volver a creer, pero sienten que no pueden. Si no estuvieran siendo sinceros, ¿cómo iban a sentir estas nostalgias? Son, pues, las razones, creen ellos, las que les impiden creer. Serían deshonestos, si hicieran otra cosa, serían unos hipócritas; y son lo suficientemente íntegros para no llevar una vida doble y presentar ante los demás las apariencias de una vida cristiana con una mente incrédula.

Por eso es a éstos a los que me voy a referir en el resto de las páginas: a los que ya no creen, porque sienten que no pueden creer, y a los que empiezan a sentir que no van a poder seguir creyendo. A los que salieron sin fe de la crisis y a los que todavía están en crisis.

Merecen mis simpatías y respeto y quisiera ayudarles en cuando de mí depende, para que se den cuenta que también ellos, aunque no lo crean, fueron más bien víctimas que actores, de una serie de fuerzas subterráneas y tenebrosas que les llevaron a la situación en que ahora están. Que esta incredulidad se debe a un proceso lógico-sicológico en el que solas las razones lógicas no les podían haber llevado a ese resultado, si no hubiera sido porque concomitantemente existió un proceso sicológico, que es, en definitiva, el responsable de su situación actual.

Yo sé que mientras no haga ver que no se puede perder la fe en el Cristianismo por razones lógicas válidas, mis lectores no van a convencerse que ha sido esa serie de fuerzas, a que acabo de aludir, los factores decisivos de la pérdida de su fe o a lo más aceptarán que puede haber contribuido, pero no han sido las causas decisivas. No les culpo por eso; a mí me sucedería lo mismo.

Sin embargo, no voy a convencerles de esto por ahora. Voy primero a tratar de hacerles ver lo que pudo haber sucedido en la pérdida de su fe, lo que es sumamente probable que sucediera; describir el proceso lógico-sicológico del que pudieron ser víctimas y después trataré de hacer ver que realmente esto es lo que tuvo que haber sucedido, porque por razones lógicas no se puede probar que el Cristianismo no sea la única solución razonable al sentido de la existencia.

Pero en este tipo de incredulidad distingo dos variantes, que quiero hacer notar: los que perdieron la fe de una manera casi fulminante y aquellos en los que el proceso fue mucho más lento y doloroso. Por eso, voy a describir brevemente el proceso lógico-sicológico de estas dos variantes de la incredulidad seudo-auténtica.

Incredulidad fulminante

Parece una contradicción decir incredulidad fulminante y admitir que puede haber sinceridad en una incredulidad que sobrevino de esta manera. No parece posible perder la fe de esta manera y después estar persuadido de que uno es sincero al no creer; esto parecería indicar que las razones del Cristianismo son de pacotilla y un ligero empujoncito las puede tumbar. Y, sin embargo, puede suceder, como vamos a verlo.

Toda fe, aun la del hombre ya maduro y adulto, depende mucho del ambiente que le rodea: cuando todo el ambiente es un ambiente religioso, como sucede todavía en algunas comunidades y pueblos pequeños, el seguir creyendo y practicando el Cristianismo es una tarea relativamente fácil. Esto es lo que hacía antiguamente, en épocas de fe colectiva, hubiera pecadores, pero no había incrédulos. Y de aquí lo difícil que es hoy día conservar la fe en un mundo secularizado e incrédulo en que las ideas irreligiosas se cuelan en zapatillas silenciosamente en nuestro cerebro.

Logramos sobrevivir en gran parte porque en este mundo descreído quedan bolsas de resistencia en la que los miembros que las integran han encontrado un clima suficientemente aséptico que los mantiene relativamente inmunes. Pero es una empresa tremendamente difícil, que sólo pueden lograr cierto tipo de superdotados religiosos, de Tarzanes de la fe, el poder sobrevivir aislados en esta jungla moderna, incrédula, hostil e insidiosa, sometidos a una continua presión y chantaje.

Esto, que es difícil para cualquiera, es mucho más difícil para un joven adolescente. Por mucho que se quiera, a no ser que, como dijimos, sea un superdotado religioso, no puede haber personalizado su fe en un grado tal, que no dependa mucho de lo exterior para seguir viviéndola. Todavía no tiene aquella profundidad en su valor religioso, no ha podido lograr una síntesis mental religiosa suficientemente vigorosa para resistir un estado de sitio, despiadado y tenaz, con incesantes asaltos, por mucho tiempo.

Mientras está en el grupo de su familia, amigos, colegio, etc., más o menos homogéneos religiosamente, puede seguir viviendo su fe. Pero no es tanto él, el que cree, cuanto es el grupo el que cree; no tanto es él, el que practica, cuanto es el grupo el que practica. Esta religiosidad es una función dinámica y colectiva del grupo en que lo personal, lo plenamente libre, queda prácticamente reducido a la decisión radical de pertenecer a ese grupo y muchas veces ni eso, porque les fue dada la pertenencia a ese grupo.

Este grupo al que le ligan tantas emociones e intereses, son sus padres, hermanos, amigos, que ejercen sobre él una presión difusa, pero enérgica y tenaz, que le mantiene en la vida de la fe. Esto de por sí no es malo, aún, es necesario sobre todo en esa primera etapa, en que se están formando la personalidad y sus creencias religiosas necesitan un encofrado exterior que las mantenga cementadas en forma mientras acaben de fraguar.

Pero puede suceder, y de hecho sucede con frecuencia, que el hombre sostenido y protegido por ese encofrado, no se preocupa por fraguar su fe, por personalizarla, por hacerla objeto de una opción libre y consciente y su fe sigue toda su vida siendo un regalo continuado del grupo. Y cuando su inserción en el grupo desaparece, por lo que sea, toda su fe se desmorona casi instantáneamente.

Este es el caso de tantos compatriotas nuestros, españoles que emigraron a América u otras partes y que al llegar a esas regiones, lejos del pueblo, la familia, el grupo al que pertenecían, casi de la noche a la mañana pierden sus creencias religiosas, su hubieran seguido en su pueblo, en su medio ambiente, probablemente hubieran conservado su fe hasta su última vejez.

Ahora, pónganse en esta misma situación al joven, con todas las características que hemos estudiado, con un Cristianismo sin personalizar en grado suficiente y que va a estudiar a la Universidad donde se integra a nuevos grupos, muchas veces alejado de su pueblo, de su hogar, sin el poder moderador y fiscalizador que éstos ejercen sobre él, respirando incredulidad continuamente, escuchando racionalizaciones por todas partes, en las que el pecado no es pecado, es una experiencia vital, en las que el sexo sirve para establecer una integración personal completa y enriquecer la propia personalidad; pornografía es un arte, donde unos felinos ojos de mujer en un cuerpo escultural le hacen guiños de complicidad provocativa y a ver qué va a pasar en ese puchero hirviente de pasiones que es el joven.

Y así, casi de la noche a la mañana, se produce en él un apagón del valor religioso de la vida, en el que la religión, el Cristianismo, se le presenta como algo irreal, utópico, un sueño en el que ha estado viviendo hasta ahora, y es ahora que en realidad ha empezado a vivir. Esto parece ser el primer tipo de incredulidad que describíamos: la del indiferente. Pero hay una variante muy importante y es que aquél nunca tuvo realmente el valor religioso, esa fe no desaparece por completo: queda ahí demasiado débil para hacerle reaccionar, demasiado pequeña para servir de muro de contención, pero suficientemente grande para convertirse en un granito de arena en el zapato que le impide caminar cómodo por la vida.

Y su deseo profundo es sacarse ese granito de arena y esto sólo puede hacerlo de una manera: convenciéndose de que el Cristianismo es falso. Y empieza a leer cuanto libro filosófico y antirreligioso encuentra y con ideas arrebañadas de éstos y las ideas inmaduras, incompletas o falsas que sobre el Cristianismo él ya tenía, construye una defensa lógica de su incredulidad que él mismo acaba por creer.

Reconoce, quizás, que la pérdida de su fe empezó con la crisis que le sacudió al alejarse de su habitat sicológico y religioso, pero eso no fue más que la ocasión externa que puso al descubierto ante su vista la debilidad interna del Cristianismo; no de su cristianismo personal, sino del Cristianismo. Si no abandonó la fe por razones, por lo menos después encontró que la abandonó con razones. La incredulidad fulminante resultó uno de esos matrimonios al minuto ¨ shot-gun weddings ¨, que dicen los americanos, en las que entre la primera cogida de manos y la marcha nupcial no han pasado ocho días, pero que después encuentra que realmente se casó con la mujer que le convenía y con la que lleva un matrimonio feliz y tranquilo. Con los ojos vendados, pero hizo diana.

Esta intelectualización de su incredulidad explica la contradicción aparente de que antes hablábamos. El camino como llegó a esa incredulidad no fue sincero, pero ahora su incredulidad sí lo es.

Pero no se necesita saber leer la bola de cristal para saber que lo que aquí ha habido, ha sido el buscar una justificación racional de una estado ya adquirido y querido. Es decir, se fue a buscar una verdad, no precisamente la verdad. Pero aquí, por lo menos ha habido una búsqueda de razones serias, se ha preocupado por levantar un tinglado que tiene visos de ser lógico y científico. Sin embargo, la búsqueda ha sido unilateral; se ha estudiado el Cristianismo, pero desde un punto de vista negativo y tratando de defender una posición ya de antemano tomada. Tampoco, pues, ha habido sinceridad.

Incredulidad por liberación

Este es un proceso más largo y doloroso. Este proceso se da en personas, pero sobre todo en jóvenes, que tenían un profundo valor religioso de la existencia. Este valor suele presentarse en ellos bajo la forma del deseo de salvarse y el miedo a condenarse. Y este último puede lograr niveles muy impresionantes y elevados en un niño. Sobre todo en otras épocas no muy lejanas. Yo recuerdo la impresión que me producían, cuando niño, las pinturas tremendas sensacionalistas del infierno; aquel fuego capaz de derretir instantáneamente toneladas de metal durísimo y macizo, y el reloj cuyo monótono péndulo iba repitiendo el condenado: ¡nunca!, ¡nunca! Y todas estas descripciones macabras y sadistas servidas en una salsa de anécdotas; ejemplos, comparaciones espeluznantes. Naturalmente, la imaginación del niño queda profundamente impresionada.

Por eso el dinamismo del proceso de la pérdida de la fe en estos individuos, va a ser el de liberarse progresivamente de este miedo a condenarse. Mientras el valor religioso bajo esta forma concreta está vigente en ellos, no podrán sentirse tranquilos.

Al principio, en la niñez, como acabo de decir, es este miedo el que predomina. Como todavía el vivir el Cristianismo no le presenta ningún problema serio ni moral ni lógico, bajo la presión de este miedo sobre todo, practican el Cristianismo. No es que este miedo esté de ordinario en el primer plano de su conciencia y sea el motivo único de su actuación, pero sí está ahí respaldando y sosteniendo la fuerza de los otros motivos.

Hipersensibilización al riesgo

Al llegar a ala adolescencia y juventud acompañada de ese reventón del ser, de que hemos hablado, se produce un cambio radical en la situación. Estallan en él esas fuerzas biológicas e instintivas casi incontenibles; la vida, esta vida de aquí y de ahora, ejerce sobre él una atracción violenta. Le está continuamente guiñando y haciéndole señas para que la goce a plenitud, sin inhibiciones ni miedos de ninguna clase.

Esta situación del joven no hay que mirarla en abstracto, hay que mirarla en concreto: hay que ver al joven de 16, 17 años o aun antes, con su torrente circulatorio inundado de hormonas, caminando por las avenidas de algunas de nuestras ciudades, donde, en unas naciones más que en otras, pero en todas lo suficiente y además la tentación es relativa, los quioscos de revistas, los cines, los libros, las novelas, las modas femeninas, los medios profilácticos para evitar las consecuencias del pecado, las racionalizaciones por todas partes vigentes, la promiscuidad, etc., etc., ejercen sobre él una acción alucinante. Es un asalto metódico, organizado, alucinante, que se ha montado contra las pasiones. ¿No se ha celebrado hace poco una feria del sexo en Dinamarca?

Y este es sólo un aspecto, queda todavía el otro: el ansia de libertad e independencia del joven, su rebeldía más o menos contra todas las normas y autoridad. Y el joven, quizás más que ningún otro, constata lo que decía San Pablo en una de sus cartas: ¨Si Cristo no ha resucitado, es decir, si el Cristianismo no es verdad, los cristianos somos los más insensatos y estúpidos de los hombres¨.

No tiene el joven más que abrir los ojos y comparar: comparar la vida que él lleva y la que llevan muchos de sus amigos y conocidos, que parecen felices y que gozan la vida sin inhibiciones, ni complejos, ni tabús; con sólo las limitaciones que ellos voluntariamente quieren imponerse.

Y naturalmente tienen miedo de perderse la vida; de renunciar a una serie de experiencias que en boca de sus amigos le parecen alucinantes, de estar sacrificándose inútilmente. Tiene miedo a equivocarse. Se percata que está corriendo un riesgo tremendo: el riesgo de equivocarse. Se ha creado en él lo que llamábamos una sicología de riesgo.

Y una sicología así lo primero que busca es eliminar el riesgo en la medida máxima posible. Quiere estar seguro. Y cuanto mayor es el riesgo que siente que está corriendo, cuanto más lo teme, mayor seguridad busca, y cuando el riesgo es lo suficientemente grande y le impresiona como tal, busca una seguridad total y absoluta.

Y no sólo esto, este mismo miedo a equivocarse produce otros dos efectos que vienen a aumentar esta inseguridad. Hace que la atención se concentre sobre todo en las probabilidades o meras posibilidades de que ese riesgo se realice. Son ellas las que obsesivamente están presentes en la mente. Basta que en un cable eléctrico de alta tensión haya una sola probabilidad de que hay corriente y noventa y nueve de que no la haya para que nuestra atención se concentre sobre todo en esa única probabilidad y sea ella la única presente en nuestra mente, si tuviéramos que tocar. Decía un médico: Si a un paciente se le dice que en una operación sólo hay un 5 por ciento de fatalidades, el paciente sólo piensa en ese 5 por ciento. ¨ Y si yo soy uno de ese por ciento? ¨ piensa.

Y el segundo efecto es que el miedo hace que esas probabilidades o meras posibilidades tengan para nosotros más fuerza que las muchas probabilidades a favor. En nuestro caso, basta una probabilidad de que hay corriente para que no nos decidamos a tocar. Más aún, aunque existiera un ciento por ciento de probabilidades de que no hay corriente, si esto no nos consta con una evidencia total, no tocamos: bastaría una mera posibilidad, un ¨ quién sabe ¨, un ¨ pudiera ser ¨ para que no nos decidamos tocar.

Son tres, pues, los efectos que se producen esta sicología de riesgo: la exigencia de una seguridad absoluta, que la mente se concentra sobre todo en aquello que nos impide alcanzarla y que esto tenga mayor fuerza en nosotros que lo contrario.

La crisis

Ahora pongamos al hombre, especialmente joven, en una situación así; ve que, si el Cristianismo es falso, se está sacrificando inútilmente, y ¡qué clase de sacrificio! A todos más menos nos asaltan estos miedos de cuando en cuando. Tiene miedo de equivocarse, quiere asegurarse e instintivamente dirige su atención hacia todos los ruidos sospechosos que cree descubrir en el Cristianismo, dirige su atención hacia esas zonas oscuras, a todos esos puntos que no sabe explicar y empieza a creer que es porque no se pueden explicar. Y ya hemos dicho que forzosamente tiene que ser muchas estas zonas oscuras, sospechosas por ser el Cristianismo una visión total de toda la realidad; añádanse a esto todas esas dificultades producidas por esa falta de formación, sus ideas incompletas, falsas, inmaduras o que ignora. Y el resultado de todo esto es que su inseguridad aumenta.

Si además resulta que estas dificultades le impresionan mucho más de lo que ellas objetivamente valen, como hemos visto, el resultado total será que el miedo a equivocarse y al estar sacrificándose inútilmente aumenta.

No estoy describiendo cosas que a veces pueden suceder, estoy describiendo lo que tiene que suceder en una sicología normal de miedo a equivocarse.

Todos estos procesos, esta concentración sobre las dificultades del Cristianismo y la sensibilización respecto a ellas no nacen de que desea que el Cristianismo sea falso. Todavía no. Esa situación vendrá después. Al contrario, todos estos procesos se producen porque quiere asegurarse de que el Cristianismo es verdadero; es decir, todavía quiere que sea verdadero. Pero es precisamente este querer asegurarse, por el grado de seguridad que está exigiendo lo que ha disparado todo el proceso. Ha sentado en el banquillo de los acusados al Cristianismo, aunque con el deseo de exonerarle, y se ha puesto a examinarle en sus partes débiles, en sus ángulos más sospechosos. Y no ha logrado la seguridad que quería. Al contrario, por los mecanismos sicológicos que hemos descrito, su fe en él se ha debilitado. Se ha llenado de más dudas y éstas le importan más.

Pero su deseo de disfrutar plenamente la vida, sin temores, sin inhibiciones, no ha disminuido; sigue ahí tan fuerte como siempre: las tentaciones siguen ahí, tan seductoras. Y el resultado final ha sido que se tiene que enfrentar a las mismas tentaciones con una fe más debilitada, con una motivación más débil, con mayores dudas de si se estará sacrificando en vano. Su ser se encuentra desgarrado internamente: está en crisis.

¨La crisis, dice Ortega, es vivir en dos creencias sin sentirse instalado en ninguna¨. El hombre no sabe a qué atenerse. No es sólo que existan dificultades. Las dificultades no hacen una crisis: diez mil dificultades no hacen una crisis, mientras se las sigan considerando sólo como dificultades. Las dificultades provocan una crisis, cuando se convierten en razones. Cuando esas dificultades nos hacen pensar si lo que estamos haciendo no será descabellado, inútil, imposible. No son los granos de arena que se nos cuelan en los zapatos y nos hacen el caminar doloroso; son esos granos de arena cuando se nos cuelan en el engranaje de nuestra voluntad y lo hacen rechinar, lo frenan, lo paralizan. Nos quitan el deseo de seguir caminando. No es que la empresa tenga problemas, es que la empresa se nos ha convertido en problema.

El ser está dividido: por una parte quiere caminar en una dirección, pero siente que lo tiran de la manga para que vaya en otra dirección. Pero el hombre, y mucho menos el joven, no puede caminar por la vida con el ser roto, con ser perpetuamente angustiado. Tiene que romper esta tensión bipolar entre estas dos fuerzas que tiran de él en sentido contrario. Y esto sólo puede ser porque una de las dos fuerzas se impone definitivamente y la otra acaba por desaparecer, por lo menos en grado suficiente para no seguir causando angustias.

Pero existe una diferencia tremenda entre estas dos fuerzas: la una, vamos a llamarla la mundanidad en el sentido de que es el mundo de aquí y de ahora el que me atrae, es una fuerza continua, tenaz, insistente: porque el mundo está ahí, la libertad está ahí, el placer y las tentaciones están ahí. Y dentro de él está el ansia de vivir, de ser, de realizarse completamente, de gozar de la vida sin complicaciones ni inhibiciones. Por otra parte, son valores que le entran por los ojos, sin que él tenga que hacer nada para que le atraigan e impresionen. Y además la retribución es inmediata, aquí y ahora.

La fuerza, en cambio, que nos trae hacia el Cristianismo, no es intuitiva, no se nos cuela por los sentidos, hay que descubrirla y captarla; y hay que estar descubriéndola y captándola continuamente porque en cuanto se va del pensamiento tiende a desaparecer. Tampoco me impresiona automáticamente; tengo yo que hacer que me impresione y si no lo logro es como si no existiera. Y todo esto exige un esfuerzo continuo.

Cualquiera ve en seguida la desproporción que existe entre estas dos fuerzas. La una, no deja de acosarnos, aunque no queramos, de atraernos violentamente. La otra, exige un esfuerzo y un esfuerzo continuado para descubrirla y que me impresione en el grado suficiente para que realmente se convierta en una fuerza. La una me da aquí y ahora gratificaciones instantáneas. La otra promete esas gratificaciones y unas gratificaciones abstractas para un futuro más o menos lejano: para la otra vida.

La única ventaja sencilla y apreciable que tiene el valor radical religioso, es que fue instalado antes en el alma del niño: vino primero. Pero tiene la desventaja que, aunque haya venido primero, necesita del esfuerzo del hombre para seguir allí.

Solución de la crisis

Ahora bien, ¿qué es lo que ordinariamente sucede? El joven, al principio, intentó resolver esa crisis a favor de la fe, trató de asegurarse, pero por más que lo intentó, hemos visto que no lo consiguió, al contrario, quedó más inseguro, más lleno de dudas y angustiado. Al no encontrar por ese lado la solución a la crisis, inconscientemente busca la solución por el otro. Como el miedo a perderse esta vida no lo puede hacer desaparecer, entonces, como mecanismo automático de defensa, empieza a destruir el otro miedo: el miedo a condenarse. Y le es tanto más fácil, cuanto que para lograrlo no tiene que hacer nada positivo; al contrario, lo único que tiene que hacer es dejar de hacer_ no hacer el esfuerzo de pensar, alejarse de todo aquello que le recuerde el problema de la otra vida, dejar de ir a la Iglesia, de recibir los sacramentos, etc., etc.

Lo que continuamente estamos haciendo en tantos problemas que no queremos enfrentar: no pensar, olvidarnos, escapar, sumergirnos en otras preocupaciones. Lo que decía aquel empedernido fumador: ¨ Cuando leí el informe de la Comisión Médica de los Estados Unidos sobre la influencia del fumar, sobre el cáncer del pulmón, me entró tal angustia y preocupación, que decidí no volver en adelante a leer ningún informe.

Y a esta misma solución contribuye el sentimiento de culpabilidad del joven. Porque a pesar de sus esfuerzos y propósitos, se encuentra pecando, ve que sigue reincidiendo sobre todo en el pecado de sexualidad; muchas veces por un enfoque equivocado de este problema, como después diremos. También aquí al principio lucha, se esfuerza, se confiesa, comulga; pero ve que sigue cayendo. Cree que no es sincero, que sus confesiones y comuniones son hipócritas y además inútiles. La única manera de hacer desaparecer ese sentimiento de culpabilidad, es huir de todo aquello que le hace sentirse culpable: la Iglesia, los Sacramentos, aquellos, especialmente sacerdotes, que le van únicamente a decir lo que debe hacer pero que no le van a resolver su problema, sólo enconárselo.

Y así, más o menos lenta y progresivamente, con mayores o menores luchas el valor religioso va desapareciendo. Pero no se extingue del todo. Como en el caso anterior, no es suficiente para hacerle reaccionar, pero sí es suficiente para hacerle comprender que la única forma legítima de estar completamente tranquilo, es lograr convencerse de que el Cristianismo es falso y la única manera de que desaparezca del todo su sentimiento de culpabilidad. Ahora ya quiere que el Cristianismo sea falso. Estamos en el caso anterior: empieza a razonar y justificar su incredulidad.

La incredulidad, un escape sicológico

Fue una liberación. Liberación de la angustia producid por dos miedos en tensión, liberación de un sentimiento de culpabilidad que le agobiaba. El camino fue más largo y doloroso, pero el resultado fue el mismo: la desaparición más o menos total del valor radical religioso. Y esto se refleja en la tranquilidad que siente. Ya no siente el temor de condenarse en un grado apreciable: si lo sintiera, ¿podría en realidad sentirse tranquilo? , ¿es que la solución que de hecho está viviendo al sentido de la existencia es evidente? , ¿no se puede también estar equivocando ahora? Entonces, ¿por qué no le preocupan las probabilidades de se que esté equivocando? Solamente hay una respuesta: que no le importe equivocarse, y eso sólo puede nacer de una cosa, de que realmente no le importa de una manera que le impresione el problema de su destino. Ya sólo esta tranquilidad es un argumento decisivo para hacernos ver que es cierto lo que sostengo: que en este tipo de incredulidad también acaba por desaparecer la preocupación por el destino del hombre.

Como se ve, tampoco aquí la incredulidad ha venido en virtud de un proceso lógico fundamentalmente. En su primera fase no buscaba la verdad simplemente, buscaba la seguridad, pero una seguridad total y por consiguiente una evidencia total; no encontró que el Cristianismo fuera falso, sino que no logró convencerse de que era verdadero de la manera que él hubiera deseado. Pero, como veremos más adelante, hay muchas cosas que sabemos que son verdadera aunque estén llenas de obscuridades. Y después en una fase ulterior ya quería convencerse de que el Cristianismo era falso.

Esta fue la marcha general de este proceso: Con sus avances y retrocesos, quizás con reacciones pasajeras que lo demoraban, pero a la larga esta fue la trayectoria. Por eso al llegar y conseguir su objetivo, se detuvo. No siguió investigando y buscando una nueva solución y no sometió esa nueva solución a un escrutinio tan intenso, como sometió al Cristianismo cuando le angustiaban sus dificultades.

En realidad, pues, esta incredulidad no es más que un escape sicológico, la liberación de una tensión que creyó no se podía resolver a favor del Cristianismo.

Conclusión

Estos son los principales tipos de incredulidad: tienen sus variantes individuales, sus hibridismos y ninguno de ellos es pura sangre. Pero todos ellos tienen un común denominador: la ausencia de un valor auténtico religioso, la falta de una preocupación seria por averiguar cuál es el destino de la existencia. En la incredulidad indiferente nunca o apenas existió esta preocupación, y el Cristianismo es rechazado porque el Cristianismo es una respuesta a este problema y sencillamente no interesa el problema. En la incredulidad hostil, el Cristianismo es excluido como respuesta, por rebeldía, por hostilidad o rencor hacia él. En la incredulidad humanista, se parte ya de una respuesta que se acepta como un postulado: es la realización autónoma del hombre y el Cristianismo es rechazado porque sería la negación de ese postulado. Y por fin en la incredulidad seudoauténtica, el hombre se ha liberado o busca liberarse de una angustia y crea una solución-escape.

En la primera no se piensa; en la segunda y tercera se piensa lo que se quiere, y en la última se acaba pensando lo que se quiere.

Las sectas al descubierto

08 de Septiembre #2011
Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María

Sra.
María Eugenia Ríos-Lamas G.
Nueva Acrópolis en Dominicana
Vía correo electrónico
Ciudad,

Ref.: “Celebración de décimo tercer aniversario”

“Las SECTAS hoy, aquí y ahora están disfrazadas de grupos mercantiles, de seudo religiones, de entidades culturales-filosóficas, centros de recuperación de toxicomanías, institutos caritativos, ONGs, gabinetes de mejora personal, cursillos diversos y variopintos de fin de semana ... etc. En definitiva cada uno es libre de elegir su camino y compañías. De buscar proyectos de vida alternativa, pero que no sea por la falta de información, que te puedan dar "gato por liebre". Hay muchos "cantamañanas" sabedores de todo y entendidos en realidad de nada. (ver presentación)”

Muy distinguida señora Ríos-Lamas:

“Las sectas destructivas son organizaciones pseudo-religiosas, pseudo-filosóficas o pseudo-culturales, de estructura piramidal y totalitaria, que se dedican a la captación de adeptos para explotarlos mediante falsas promesas y técnicas de coerción psicológica, siempre en provecho del afán de poder y de lucro de sus líderes. (ver listado)”

Luego de saludarle cordialmente, deseo agradecer su atenta respuesta y a la vez comentarle un par de cosas más que tal parece no han quedado del todo claro.

En total llevo unos quince años estudiando el fenómeno de las sectas y los nuevos movimientos religiosos, como parte afectada, cuando en algún momento un familiar o amigo cercano ha caído en la trampa y sucumbido ante la tentación de encasquillarse en ciertas ideologías que no son cristianas, mucho menos católicas.

Formo parte de una red mundial de hombres y mujeres preocupados por estos fenómenos, muy preocupados, pues el asunto recrudece cada día que pasa y, Dios no lo permita, en breve ya no habrá marcha atrás.

En Google he encontrado mas de dos millones de páginas sobre ustedes, de las cuales unas 3’000 contienen suficiente información como para elaborar una tesis de doctorado.

Usted no ha hecho su trabajo, un ejercicio previo, antes de contestar tan escuetamente, sin ni siquiera aludir directamente a ninguna de las inquietudes que le he planteado.

Esto es sobre el conocimiento que tengo del caso.

Sobre sus trece (13) años en dominicana y cincuenta y cuatro (54) años en otros países de mundo, tengo para decirle que esto no es otra cosa que un intento por echar adelante una agrupación seudo religiosa que tarde o temprano desaparecerá.

No le quepa duda de ello. Ya lo hemos visto antes.

Hace un momento he encontrado un archivo que quiero compartir con usted y todos los que nos leen: Las sectas al descubierto, preparado por LARGANTZA (www.largantza.org), una organización española que trabaja con personas que han sido afectadas por sectas y nuevos movimientos religiosos de corte destructivo. No deje de leerlo, quizás le ayude a entender mi preocupación.

Por ultimo, le cuento que he acudido esta tarde a mi confesor y me he librado de una pesada carga que llevaba en mi corazón. He sido perdonado. La Misa estuvo preciosa, una celebración digna de todo un hijo de Dios.

Queda usted invitada.

Con atentos saludos,

Mario R. Saviñón

Pd. Las calumnias contra La Iglesia católica, somos nosotros mismos los responsables. En su organización, ¿quienes son?


--- El mié, 9/7/11, Nueva Acropolis escribió:

De: Nueva Acropolis
A: M. R. Saviñón
Fecha: miércoles, 7 de septiembre de 2011, 12:48 pm

Estimado Señor, comprendo su preocupación, pero creo que antes de hacer una afirmación de tal magnitud es importante investigar y saber realmente quiénes somos y qué hacemos. 54 años en más de 50 países avalan lo que realmente somos. Yo entiendo … también la Iglesia Católica ha sido calumniada. Pero creo que hay que perdonar la ignorancia.
Cordialmente,

María Eugenia Ríos-Lamas

+ + +

De: M. R. Saviñón
Enviado el: martes, 06 de septiembre de 2011 07:35 p.m.
Para: Nueva Acrópolis
Asunto: Nueva Acrópolis - un grupo "neofascista y paramilitar"

06 de Septiembre #2011
En honor a Santa Regina, virgen y mártir (+ 224)

Sres.
Nueva Acrópolis en Dominicana
Vía correo electrónico
Ciudad,

Atención: Profesora María Eugenia Ríos-Lamas G.

Ref.: “Programa de actividades Sept. /Nov. - brochure celebración de décimo tercer aniversario”

“Quieren enseñar y no admiten que nadie les enseñe. Censurar y que nadie los censure, mandar sin obedecer a nadie. Quieren someter a otros hombres sin que ellos a nadie se sometan.”

Muy distinguida señora Ríos-Lamas:

“La suma del recién nacido espiritismo moderno, junto a las influencias de la masonería, dieron por resultado una corriente que sería la base de casi todos los grupos esotéricos de distinta intensidad, esta corriente “madre” ha sido el teosofismo.”

Luego de saludarle cordialmente en esta tarde, he querido escribirle la presente a fin de comentarle algo sobre el brochure de referencia.

Estando ayer tarde en la panadería recogí un ejemplar –de entre muchos que había allí- para chequearlo luego con más calma. Grande ha sido mi sorpresa cuando estando en casa lo abro para darme cuenta de que la primera foto que aparece en su interior lo es nada mas y nada menos que la fachada principal de nuestra Catedral Primada de América, el Templo principal de La Iglesia católica en nuestro país.

De inmediato me asaltaron dos preguntas:

¿Por qué razón habrán colocado estos señores dicha imagen allí?

¿Cuál es el verdadero propósito detrás de todo esto?

Para su conocimiento, estoy copiando a unas quinientas direcciones electrónicas esta comunicación que le dirijo con el propósito de que todos estemos debidamente enterados.

Con esta son cuatro las veces que le escribo sobre el mismo tema, la forma desfachatada con que pretenden encubrir sus pretensiones de proselitismo pseudo-religioso en una comunidad prácticamente cristiana.

No tengo ningún problema en que usted siga adelante con sus proyectos, pero creo sinceramente que alguien tiene que decir la verdad de lo que verdaderamente hay detrás de su organización, de donde vienen y hacia donde van, por el bien de nuestros hijos, los más pequeños en nuestra sociedad.

En muchas ocasiones algunos medios de comunicación, pretendiendo ser más liberales de lo que realmente son, han dado cabida a su promoción, gratuitamente, quizás hasta sin percibir claramente la influencia que esto causa en un pueblo religiosamente ignorante y mal educado, en ocasiones sin la debida malicia y suspicacia como para protegerse a sí mismos de todo el mal que les acosa.

Para que estemos todos claros, anexo esta información que he bajado de Wikipedia, la cual se explica por si sola, no vaya nadie a creer que son inventos míos.

El problema que ustedes han tenido en Francia no hace mucho es como para nuestro sistema judicial iniciar una investigación local al más alto nivel, por igual.

Lo de la foto de la Catedral en su brochure me ha ofendido profundamente. Creo que los católicos dominicanos merecemos mucho mas respeto, especialmente de una agrupación en calidad de huespedes extranjeros.

Sin otro particular aprovecho la ocasión para suscribirme a sus órdenes siempre.

Atentamente,

Mario R. Saviñón

Pd. “La Fundación Nueva Acrópolis es un conocido grupo religioso que pretende reclutar adeptos mediante el dictado de conferencias pseudos-filosóficas. Tiene una ideología que ha sido calificada de fascista, ya que adoptó sus símbolos y postulados. En su literatura interna han hecho apología de Hitler, Franco y Pinochet. Utilizan el saludo fascista de la mano alzada. Hasta hace unos años su emblema era un águila negra sobre una corona de laureles, dentro de la cual hay un hacha. Ese emblema ha sido sustituido ante las acusaciones. Los líderes de mayor rango son llamados "hachados" y tienen derecho dentro de la organización de usar el "fascies", el hacha fascista. El tema de la conferencia a dictarse, "En busca de la Identidad Nacional" y que en los carteles que se encuentras pegados en el interior de esta Facultad se ilustró con una bandera argentina y una frase del Himno Nacional, dan un indicio de la ideología referida.” (tomado de http://ar.groups.yahoo.com/group/incredulos/message/1126)

La masturbación y sus efectos

Por P. Jorge Loring

El vicio solitario de la masturbación consiste en abusar del propio cuerpo excitando los órganos genitales para procurarse voluntariamente el placer hasta el orgasmo. A veces, se comienza por mera curiosidad; pero si no se corrige esta inclinación se convierte en un vicio obsesivo que esclaviza a la persona y le desinteresa por todo lo demás: como le pasa al drogadicto.

Dice André Léonard, Profesor de la Universidad de Lovaina: «Por su misma naturaleza, la masturbación contradice el sentido cristiano de la sexualidad, vivida como alianza de amor. (...) El ejercicio de la facultad sexual queda privado de toda referencia afectiva con una pareja, en la medida en que el sujeto se repliega sobre sí mismo, en el disfrute de sí mismo. (...) La masturbación, privada del amor, deja a menudo insatisfecho a quien se entrega a ella. Conduce al vacío y al disgusto.

»Debes tener el coraje de pensar, y también decir, que la masturbación es un mal. Escucharás con frecuencia argumentos que intentan defender que se trata de un comportamiento inofensivo, tan anodino como el beber, comer o transpirar. Es preciso desmontar esas razones. (...)

«No es ciertamente el pecado más grave que puedas cometer. Pero eso no impide que te hagas su esclavo, que te habitues a una sexualidad egoísta, y que asfixie en ti la vida espiritual». 25

La masturbación puede llegar a ser algo obsesivo en la persona. Hace del placer sexual algo egoísta, cuando Dios lo ha hecho para ser compartido dentro del matrimonio. Conozco casos de matrimonios fracasados porque uno de los dos, esclavizado por la masturbación, se negaba a las naturales expresiones de amor dentro del matrimonio. Quien se deja esclavizar del vicio de la masturbación puede arruinar la armonía sexual de su matrimonio. Una mujer joven se quejaba en la consulta de un médico de que su marido tenía con ella muy pocas relaciones sexuales. Él reconoció, delante de ella, que prefería masturbarse. 26

Quien tiene la desgracia de verse esclavizado de esta mala costumbre debe poner el mayor esfuerzo en corregirse cuanto antes. Este vicio encadena fuertemente, cada vez es más difícil desligarse de él, y cuando tiene esclavizada a una persona, la envilece, la embrutece, anula su voluntad, destroza su carácter, perturba el desarrollo de su personalidad, debilita la fe 27, produce desequilibrio nervioso, hace egoístas e incapacita para amar a otra persona.

«No se puede abusar del organismo. La naturaleza pasa después la factura. El cuerpo humano tiene sus límites. No se pueden gastar las energías destinadas al desarrollo integral de la persona humana. 28 »
Incluso para Freud «el masturbador incurre en riesgo de bloquear el desarrollo y maduración de su psicoafectividad». 29

«La práctica habitual de la masturbación conduce a graves desequilibrios nerviosos». 30

Todos los médicos están de acuerdo que cuando la masturbación es frecuente, conduce a la neurastenia. 31

Y cuando la masturbación es un vicio esclaviza como todos los vicios.

«La masturbación es, con frecuencia, expresión de egocentrismo, (...) indicio de un desarollo retardado o detenido de la personalidad». 32

«Cuando la masturbación se convierte en hábito, debe ser calificada como falta de madurez. (...) Cuando la masturbación presenta síntomas de psicosis y neurosis, debe buscarse la ayuda de un profesional que la someta a un tratamiento adecuado.(...) Las fuentes que dan pábulo a la fantasía -lecturas, televisión, cine- han de considerarse como la base de muchas acciones que no deberían haber tenido lugar, si no hubiesen sido estimuladas». 33

Hay maníacos sexuales «que buscan el placer una y otra vez por sí mismo, y caen, como los drogadictos, en el círculo de una insaciable repetición, con el fin de superar en cada nuevo intento, las incesantes frustraciones. 34

«La masturbación hecha costumbre da por lo general seres psíquicamente replegados sobre sí mismos, especialmente incapaces de elevarse a un auténtico amor sexual». 35

El vicio de la masturbación es causa de muchos fracasos en los estudios y en el deporte. Esto lo saben muy bien los estudiantes y los deportistas. 36

«Cuando un ser humano se habitúa a satisfacer un instinto en una forma determinada, puede llegar a perder, a través de un mecanismo psicológico, el deseo o la atracción por todas las demás formas. El hábito de saciar el hambre sexual de una forma anormal y viciosa, puede llegar a provocar la repelencia por el acto natural, con lo cual el masturbador entra de lleno en el campo de la incapacidad sexual psicológica». 37

El vicio de la masturbación lleva a la eyaculación precoz en el matrimonio, que impide acomodarse al ritmo de la mujer que es más lenta, y es causa de graves problemas en la armonía sexual matrimonial.
Los médicos americanos que habían tratado a muchachas que se masturbaban, descubrieron que después de casarse resultaban esposas frígidas. 38

«No es inteligente considerar la masturbación como algo natural, pues causa una serie de trastornos en el adolescente. No sólo en el campo religioso, sino en el afectivo, psicológico, intelectual, etc., donde se hacen sentir sus malos efectos. (...). El que en plena adolescencia el joven sienta fuertemente el impulso sexual, tiene un profundo valor educativo. (...). Más tarde en su vida conyugal, muchas veces tendrá que dominar sus inclinaciones». 39

Estas partes del cuerpo deben respetarse con delicadeza, y sólo tocarlas por necesidad, limpieza, higiene, etc. Pero nunca tocar estos órganos sólo por gusto. Con eso no se juega.

Éste es un pecado degradante, repugnante, inconcebible en una persona delicada. Sin embargo, si después te da vergüenza confesarlo, entonces la desgracia es doble e irreparable.

Si tuviste la desgracia de la caída, no permitas la de la vergüenza de confesarlo. Acude a un sacerdote y ábrele tu conciencia para que te perdone y te ayude a salir de tan triste estado. Ten confianza. Tienes remedio. Muchos empezaron esta mala costumbre sin conocer su importancia. Bien porque lo descubrieron de un modo casual, bien porque fueron enseñados por otra persona que intencionadamente quitó importancia al asunto. Pero la masturbación es un vicio que puede esclavizar fuertemente y transformar el carácter de la persona, y hasta su ideología religiosa.

La masturbación puede llevar a perder la fe. Muchas incredulidades han empezado en la masturbación» 40 . El joven siente inclinación a masturbarse, oye que la Iglesia lo prohíbe, y siente la tentación de dejar la Iglesia que le prohíbe lo que le gusta hacer, y quizás le cuesta trabajo evitar.

«Pero, por otro lado, no podemos olvidar que la masturbación no contribuye a la superación del problema sexual o de la tensión de un momento dado. Conduce, por sí misma, a la larga, a una erotización mayor y a una obsesión creciente, de modo que a la larga el problema no se soluciona. El sexo, no lo olvidemos, (Chauchard no se cansa de repetirlo) está sobre todo en la cabeza. Tiene una capacidad obsesionante tal, que la solución del problema sólo se logra cuando el hombre consigue entregar su pensamiento a tareas que le ilusionen. La solución al problema del sexo, y a una obsesión excesiva, sólo se encuentra de modo indirecto, cuando el hombre consigue centrar su pensamiento en algo que le ilusiona. He sido testigo de cómo muchachos que se han entregado con ilusión a una ocupación deportiva, incluso en presencia de chicas, o a otro tipo de ocupación, no tenían problema alguno sexual; mientras éste surgía siempre que se dejaban llevar por el ocio». 41

Es fácil que quienes han contraído el hábito de la masturbación experimenten un fuerte sentimiento de culpabilidad capaz de destruir todo estímulo de vida y de producir un permanente complejo de inferioridad.

El único tratamiento pastoralmente eficaz es el de procurar abrir horizontes hacia expresiones plenas de la afectividad y hacia tareas culturales, profesionales, sociales y religiosas, que den sentido a sus vidas.

La gravedad de cada acto masturbatorio no siempre es fácil determinarla pues depende de muchas circunstancias y pueden darse atenuantes de la responsabilidad. 42 Sin embargo se debe poner un serio empeño en evitarlo por el peligro de caer en la esclavitud del hábito.

«Los trastornos afectivos y algunas situaciones neuróticas provocan frecuentemente manifestaciones de autoerotismo, que alcanza, a veces, un carácter convulsivo claramente psicopático...Está comprobado que la masturbación ejerce siempre una mala influencia, sobre todo en la psicología juvenil. Debilita la fuerza de voluntad, la confianza en sí mismo, y perturba el desarrollo de la personalidad. Crea melancólicos e introvertidos y, en el fondo, egoístas. La masturbación es una satisfacción sexual egoísta, que marca a la persona y la incapacita para el verdadero amor.»

La masturbación es, muchas veces, un recurso barato y triste; una compensación, un consuelillo de segunda clase por algún otro éxito de cualquier otro tipo que no hemos sido capaces de conseguir. Con todo, no todos los actos masturbatorios son de la misma gravedad. Cuando un joven tiene interés en corregirse y pone los medios que tiene a su alcance aunque tenga caídas, éstas pueden tener atenuantes a su culpabilidad. Siempre se puede acudir a Dios pidiéndole ayuda, pues Él nunca abandona a los que acuden a Él, pidiéndole ayuda para algo bueno y conveniente. Y como dice San Pablo: Todo lo puedo en Aquel que me conforta.

En la adolescencia, la masturbación puede aparecer como algo pasajero. Como eso de los granos. Pero si es repetitivo, puede degenerar en hábito; y esto es grave. Lo lógico es que deje un sentimiento de culpa. Sin duda es mejor dominarse que dejarse vencer. Dominarse es señal de adultez. La victoria es señal de madurez. La caída es señal de debilidad; por eso deja sentimiento de culpa.

«En la edad madura, la masturbación puede ser síntoma de algo más serio, sobre todo si es persistente. Puede indicar un estado de adolescencia mental, o alguna otra deficiencia psíquica. Se encuentra, desde luego, en muchos tipos de demencia senil y en el alcoholismo. En general puede aparecer en todos los estados mentales, en los que se dé una descohesión de la personalidad que tenga por consecuencia una pérdida de control de los instintos más primitivos». 43

Dice el célebre moralista Häring: «No se puede decir que la pasión destruye la imputabilidad moral de los pecados contra el sexto mandamiento, pues si así fuera sólo un pecado diabólico sería mortal». 44

A veces las caídas en la masturbación no son por una intención lujuriosa. Son consecuencia de una depresión, una angustia, una ansiedad que no permite conciliar el sueño, etc. Casos así pueden remediarse con algún sedante inofensivo RECOMENDADO POR UN MÉDICO.

En una conferencia que le oí en 1976 al Dr. D. José Mª Poveda Ariño, Jefe del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid, titulada Ciencia y Doctrina Moral Sexual, dijo que la masturbación es un fenómeno evitable por cualquier persona normal. Y en los casos en que esta superación parezca difícil es perfectamente asequible con los productos que un médico puede recomendarle.

En enero de 1976 el Vaticano publicó un documento sobre Moral Sexual donde dice: «El uso deliberado de la facultad sexual, fuera de las relaciones conyugales normales, contradice esencialmente la finalidad de esta facultad» (nº5). También dice este documento que «la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado» (nº9). 45

Esto significa que el acto, "en sí mismo", es siempre materia de pecado grave ("objetivamente malo"). Para determinar si el acto de una persona concreta es pecado grave también habrá que considerar si se cumplen las otras condiciones del pecado grave: que tenga uso suficiente de razón como para saber lo que está haciendo y la malicia del acto, y que consienta plenamente al mismo.

En 1983 el Vaticano ha publicado otro documento sobre la educación sexual (Orientaciones educativas sobre el amor humano)donde dice: «La masturbación es un grave desorden moral». 46

Y aunque sólo Dios conoce la responsabilidad moral subjetiva de cada acto, «de ningún modo se puede sostener que en el campo sexual no se cometen pecados mortales». 47

Pero no has de considerar pecado todos los tocamientos en tus órganos genitales. Pueden ser pecado los tactos encaminados a excitar el placer sexual; pero otros actos que se hacen por necesidad o por higiene, no son pecado alguno. Y en las conmociones orgánicas que sientas involuntariamente, reprime el consentimiento, y en paz. No has pecado contra la pureza. Aprende a distinguir entre el sentir y el consentir. Puede ser que a veces sientas movimientos contra tu voluntad en tus órganos genitales. Acostúmbrate a prescindir de esas sensaciones.

El pecado no está en el sentir, sino en el consentir. En el noveno mandamiento te expongo el modo de luchar contra estas tentaciones molestas. Pero si tuvieras la desgracia de haberte complacido voluntariamente en ese placer sexual, entonces manchaste tu pureza.

El orgasmo, que es la sacudida que experimenta el cuerpo con la satisfacción del placer sexual, es derecho exclusivo de casados. Una persona soltera no puede ni procurárselo voluntariamente ni aceptarlo si lo experimenta involuntariamente. A veces el orgasmo se produce imprevistamente. En ese caso tampoco es lícito saborearlo voluntariamente, aunque no se pueda evitar la sensación placentera. Pero cuando ocurre durmiendo no es pecado alguno.

El placer venéreo completo, el orgasmo, buscado directamente, sólo está permitido dentro del matrimonio, dentro del acto conyugal.

25. ANDRÉ LÉONARD: La moral sexual explicada a los jóvenes, III,1. Ed. Palabra. Madrid.1994.
26. TONY ANATRELLA: El sexo olvidado, I,4. Ed. Sal Terrae. Santander. 1994.
27. Dr. LUIS RIESGO: Hablando en familia, III, 5. EAPSA. Madrid, 1973. Este libro es muy recomendable a los padres sobre los problemas de los hijos.
28. ENRIQUE Mª HUELIN,S.I.: Juventud,¿hacia dónde? Málaga. 1973.
29. Dr. HONORIO SANJUÁN: Estudios sobre sexualidad, 3º, III. Toledo, 1979.
30. Dr. JOSÉ TODOLÍ: Estudios sobre sexualidad, 4º, II. Toledo, 1978.
31. DUBOIS: La revolución sexual, XIII, 2. Barcelona, 1975.
32. BERNHARD HÄRING: SHALOM: Paz, XXII, 3. Ed. Herder. Barcelona. 1998.
33. EDMUNDO ELBERT: Problemas actuales de psicología, X, 3,4, 8. Ed. Sal Terrae. Santander.
34. Varios Autores: Sexualidad y vida cristiana, 1º, II, 4. Ed. Sal Terrae. Santander, 1982.
35. HÄRING: La ley de Cristo, 3º, 3ª, I. Ed. Herder. Barcelona.
36. EDUARDO ARCUSA, S.I.: Eternas preguntas, IV, 2. Ed. Balmes. Barcelona.
37. RAFAEL BOHÍGUES, S.I.: El riesgo de ser joven, III, 3. Ed. Mensajero. Bilbao.
38. RUDOLF AFFEMANN: La sexualidad en la vida de los jóvenes, IX, 2. Ed. Sal Terrae. Santander.
39. Dr. LUIS RIESGO: Hablando en familia, III, 5. EAPSA. Madrid, 1973.
40. P. LÓPEZ PEDRAZ, S.I.: Cristianos en busca de respuestas, XV, 1. Ed. Sal Terrae. Santander.
41. JOSÉ ANTONIO SAYÉS: Moral de la sexualidad, III, A. Ed. Tau. Ávila, 1988. Breve y estupendo libro en el que se proponen los fundamentos de la moral sexual y se orienta sobre puntos concretos.
42. Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2352.
43. ROBINSON: Educación sexual y conyugal, 2ª, II, 6. Ed. Mensajero. Bilbao.
44. BERNHARD HÄRING: SHALOM: Paz, XVII, 4. Ed. Herder. Barcelona. 1998.
45. Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2352.
46. Diario YA, 2-XII-83, pg. 34
47. Revista ECCLESIA, 1773 (17-I-76)

Ataques directos a Jesús

16 de Abril #2006
¡Aleluya! ¡Jesús ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

Sr.
Antonio Canavés Martín
c/ Isaac Peral 15, 2°-2ª, 07004
Palma de Mayorca, España

Vía: Don Fausto Rosario Adames,
Director, Semanario Clave y Clave Digital

Por correo postal y electrónico
Santo Domingo, D.N.

Ref.: “Ataques a Jesús y a La Iglesia”

“El mensaje de la Cruz, en efecto, es locura para los que se pierden; en cambio, para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios… Como está escrito (Is. 29, 14): ‘destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la inteligencia de los inteligentes’.” [1 Cor. 1, 18-19]

Muy estimado Don Antonio Canavés Martín:

“Una gran mentira por la mejora y por amor a la iglesia cristiana, una mentira necesaria, una mentira útil, que ayude a resolver una situación, no sería contra Dios...” [Martín Lutero]

Al saludarle cordialmente en este Domingo de Pascua de Resurrección, he querido escribirle la presente por variadas razones; una de ellas el remitirle anexo la carta que le dirigiera recientemente a Don Fausto en ocasión de la publicación de los resultados de una encuesta llevada a cabo por Clave-CIES sobre creencias religiosas, a finales del año pasado. ¿Será una casualidad que todo esto suceda días antes de Semana Santa?

“En lo profundo de la rebeldía está el oponerse al Evangelio de Jesús, que es hacer la propia voluntad en lugar de actuar según la voluntad de Dios... La máxima señal de idolatría es la de un desobediente pedir a otro que desobedezca, esto se conoce como auto-idolatría.”

Al inicio –luego de leer su carta- no sabía si dirigirme directamente a usted o a Don Fausto, o a ambos a la vez. Vamos a ver como el Espíritu del Crucificado me ayuda a poner estas ideas en orden, darles su debido valor, para poder expresarle estas inquietudes que llevo clavadas en el corazón desde el Jueves Santo, fecha en que ha sido publicada su “carta”, lo mismo que este otro petardo que han lanzado (un artículo) sobre Santería (pág. 31), bajo la responsabilidad de unos periodistas de ese semanario de tan amplia circulación.

No es casual que haya yo revisado recién un escrito de Moseñor Aguer, Arzobispo de La Plata, Argentina, dedicado precisamente al tema de los ataques de ira, soberbia y desconsideración perpetrados contra La Iglesia y su feligresía; así como la carta editorial de Don Eulogio López, Director de www.hispanidad.com, eso que él define como “cristofobia”, un terrible malestar que afecta a muchos hombres y mujeres hoy, ya no sólo contra La Iglesia y sus fieles, sino contra Cristo, el Señor. Dicen ellos que observar a tantos hombres y mujeres de buena voluntad callar en silencio cómplice –ante la conspiración contra ELLA montada por el imperio de la muerte y el misterio de la iniquidad- es el peor de todos los males.

Usted formula en la misiva de marras una de tantas preguntas: ¿Qué pensaría María de la puesta en escena de la tortura y muerte de su Hijo, Jesús? Yo le respondo, utilizando estas palabras de uno que, después de Jesús de Nazaret, más ha amado a la Virgen María, Luis María Grignon de Monfort:

“Un amigo de la Cruz de Cristo es un hombre escogido por Dios entre diez mil personas que viven según la sola razón, para ser un hombre totalmente divino, que supere la razón y se oponga a los sentidos con una vida y una luz de pura fe y un amor vehemente a la Cruz” [Carta circular a los amigos de la Cruz #4].

Por otro lado, dice Pablo de Tarso en varias de sus cartas lo siguiente: “¡Dominicanos, duros para entender! ¿Quién los embrujó? En nuestra predicación hemos mostrado ante sus propios ojos a un Jesucristo crucificado...”.

¡Qué ha hecho La Iglesia católica sino mostrar al mundo a Cristo crucificado durante Cuaresma y Semana Santa!

La pregunta que yo me hago ahora es: ¿Porqué desea usted que hagamos algo distinto? ¿En qué se fundamentan sus planteamientos?

“Rememorar la injusta muerte”, afirma. Pues fíjese que quizás sea esto lo mejor, no vaya ninguno de nosotros a olvidarse de ello y crucificarle de nuevo, como hicieron un grupo de judíos en su tiempo: la muerte más despreciable, el crimen más vergonzoso que se haya cometido en toda la historia de la humanidad contra hombre alguno. Parecería como si todavía no se diesen cuenta del trillo por el que camina una mayoría, el derrotero sin parangón.

Mire, y ruego me dispense estas ocurrencias, pero es que hasta el cielo se ha oscurecido aquel día, tronaron las nubes, la tierra entera se conmovió abriéndose en dos partes, el velo del Templo se rasgó por sí solo separando a los que están de su lado y a los que no.

Repito de nuevo la historia, utilizando las palabras de este santo varón amante de la Madre de Dios, Grignon de Monfort: “A la derecha se sube por un camino estrecho y angosto como nunca a causa de tanta corrupción. El Buen Pastor va delante descalzo, con la cabeza coronada de espinas, el cuerpo lacerado y ensangrentado, cargando con la pesada Cruz de nuestros pecados. Le siguen un pequeño número de personas... A la izquierda va el bando del mundo o del Demonio. Es el más nutrido, más espléndido y brillante –al menos en apariencia-. Lo más selecto del mundo corre hacia él. Se apretujan, los caminos son anchos y más espaciosos que nunca, sembrados de flores, bordados de placeres, cubiertos de oro y plata...”.

Cuestiona usted lo siguiente: “¿Imaginan ustedes a alguna madre ante un altar rezando a una silla eléctrica o una soga? Pues esto ha conseguido una religión como la católica...”.

Y yo le respondo –como respondí a otro articulista hace apenas unos días- (un espectador mirando desde fuera), que nunca esperó respuesta de nadie, tal como de costumbre. 1. Primeramente no se trata de una madre cualquiera, María es la Madre y Maestra de todos los cristianos, de todos los tiempos, de todas las razas y naciones; la herencia recibida de Cristo a los pies de la Cruz. 2. Tampoco se habla del mismo artefacto: La santa Cruz de Cristo ha penetrado los abismos para permitir al hombre poder subir hasta el cielo, abarcando desde donde sale el sol hasta el ocaso. 3. Por último, le recuerdo que no se trata de un reo cualquiera, estamos hablando del Hijo de Dios, el Mesías, el Señor. Por favor no nos distraiga con sus apreciaciones fuera del Texto y, por lo tanto, de contexto.

Todos estamos hoy necesitados de que nos sacuda un fenómeno telúrico de la misma categoría: un terremoto (7.5° Richter), pero esta vez en lo más profundo del alma. Que se produzca algo parecido a lo que sucedió aquella tarde en el lugar denominado ‘La Calavera’. Se hace necesario –como nunca antes- que nos alcance un rayo desde el cielo y nos abra el pecho en dos, rompa los corazones endurecidos como una piedra, y así pueda Dios llenarlos de una vez y por todas con su amor por Jesucristo y por los hermanos. Quizás entonces se produzca el cambio que anhelamos.

“Los judíos desean ver señales milagrosas, y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros anunciamos un Mesías crucificado” [1 Cor- 1, 22]. Así empieza Pablo de Tarso una de tantas prédicas estelares, dirigidas a un pueblo muy parecido al nuestro, sino igual. “Esto resulta ofensivo a los judíos, y a los no judíos resulta una tontería”. Me atrevería asumir que usted no es judío, pero puede que en algo le hayan influenciado.

“Lo que de parte de Dios parece una debilidad, es más fuerte que toda fuerza humana... Para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes, ha escogido a los que el mundo tiene por débiles, es decir, a los que son nada...” [v. 25-31].

En apenas un capítulo, el primero de la Primera Carta a los Corintios, la teoría que sustenta se desmorona, y eso que usted afirma ser “obrero de iglesia pobre y seguidor de Jesús de Nazaret a través de la tradición oral”. ¿Cuál tradición? Don Antonio. ¿De cuál iglesia protestante?

Si es que son precisamente los protestantes quiénes no creen en nada que huela a “tradición”. Tradición (en mayúscula como en minúscula) y católico suenan a mala noticia siempre. La historia, para estudiarse correctamente, hay que dejar de ser protestante. Es que aspiran a renovarlo y reformarlo todo, bien sea idea de un gurú indígena como un “iluminado” de nueva res; inventando la misma rueda que venimos utilizando desde hace decenas de siglos. Cuéntenos, ¿qué es lo que trae entre manos?

“¿La mentira? Es un modo de expresarse contrario al propio pensamiento, con el propósito de engañar, distorsionando la realidad, su desfiguración sistemática, con tendencia a añadir lo que no tiene o, por el contrario, amputarle de porciones esenciales; en caso extremo, a suplantarla por otra cosa... La mentira consiste en decir algo que es falso, con la intención de seducir al prójimo hacia el engaño, cuando se tiene el derecho de conocer la verdad...” [J. Marías]

“Culpables somos todos por naturaleza”, no hay duda alguna, y si acaso se encuentra usted libre de pecado, por favor, tíreme la primera piedra, que aquí me encuentro cabizbajo. Comparar la celebración católica de Semana Santa con la vagabundería de Leo Bassi en Madrid, “provocar la risa” de una bandada de cristianos “light” y ateos confabulados en su maldad, suena peor de cuanto imaginaba. Usted es un talibán anti-cristiano, y lo que ha perpetrado no es tan solo un agravio contra La Iglesia, sino sugerir algo más grave aún, “el error y la mentira... engañarnos y engañar a los demás”.

Los medios de comunicación –puestos en manos poco escrupulosas- difunden hoy ciertos modelos de conducta, esquemas de valores, estados de opinión, que tergiversan grandemente los hechos y las situaciones; se ofende la dignidad, se pervierten los conceptos de la fe, del debido amor a Dios, a la religión y a La Iglesia. “Servir fielmente a La Verdad es mucho más que no decir mentiras ni propagar errores. El error corrompe y debilita la mente; la mentira hace lo mismo, pero en el corazón”.

Algo que no he podido precisar, y me interesa conocer es la fecha exacta de su carta, como su procedencia. Parece ser que ha estado usted entre nosotros, y algo le ha provocado, si no es que ya estaba rabioso desde antes. La forma en que se ha referido al Clero y a nuestra Iglesia católica ofende a una inmensa cantidad de dominicanos que –como yo- profesamos una fe cristiana que sobrepasa el entendimiento del común de los mortales. Este tipo de rebeldía incita a los más pequeños a algo peor. Espero sus hijos ni los míos hayan leído lo que ha escrito.

“Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Cargando con nuestros pecados subió al leño para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado” [1 Pe. 2, 21-24].

Me pregunto, Don Antonio, ¿será que los hombres han dejado de pecar a partir de la Crucifixión? ¿Hemos aprendido la lección que el Hijo del hombre vino a enseñarnos? ¿Siente usted –como yo- vergüenza por el actual estado de cosas en que vivimos? ¿Ha contemplado usted recientemente la Cruz de Cristo Crucificado?

La mañana del Jueves Santo, antes de leer Clave, pasé un rato en el Centro Cuesta del Libro –como un ratón de ferretería buscando el último clavo- hurgando entre libros de la Nueva Era, esoterismo y brujería; textos protestantes y católicos, filosofía y psicología. Le cuento que revisé rápidamente unos nueve en total, para terminar comprando solo uno, ‘Los Diez Mandamientos’, un ensayo preparado por el Episcopado español hace diez años. Los Obispos de Sevilla y Mérida-Badajoz me han dejado pasmado con sus reflexiones sobre la honra a los padres y el tema de la mentira, sencillamente fenomenales.

Las notas que tomo durante mi visita a Cuesta me sirven luego de material de apoyo para futuras epístolas como esta, en ánimo de corrección fraterna a hermanos que como usted se pronuncian en contra de La Iglesia, de nuestra fe, de manera injusta e inapropiada, prodigando odios y malos entendidos.

He descubierto –en la obra de un “iluminado” (masón)- un texto que sustenta la teoría de que Lutero fuera parte del equipo, rosacruz para ser exacto. “Abracadabra”... una palabra mágica utilizada en los cultos de la cábala judía (popularizada por artistas como Madonna), se le atribuyen poderes mágicos capaces de curar terribles enfermedades. ¿Qué le parece a usted tal afirmación? Tengo la ligera impresión de en algo usted se ha confundido respecto a los católicos, y que sería prudente revisarse.

En la Enciclopedia de Símbolos Esotéricos, del alemán Jorge Blaschke, editada en los Estados Unidos, he encontrado un símbolo que atribuye fuera utilizado por Lutero como destacado hermetista y rosacruz. Me da pena su contenido.

Del librillo “cristianismo”, del norteamericano Michael Keene, de la editora Alamah, transcribo estas definiciones, usted que gusta de tradiciones:

- Protestante: miembro de una iglesia que no es la católica romana ni ortodoxa; iglesia basada en la doctrina de la reforma iniciada por Martín Lutero en el siglo XVI (c. 1517)...
- Iglesias reformadas: Luterana, Calvinista, Anglicana, que siguen la doctrina de la reforma, en especial la supremacía de la Biblia en la vida eclesiástica...
- Iglesia pentecostal: (reformada) creada a principios del siglo XX, cuyo culto se basa en el ejercicio de los dones del Espíritu Santo...

“En términos bíblicos, recordar una obra de Dios es tener presente que su recuerdo produce un efecto en la vida de todas las personas.” [Hermenegildo]

La Iglesia católica es una Institución que ha merecido respeto por siglos. No venga usted ahora a querer arruinarnos la fiesta, en pleno siglo XXI. A pesar de que cantidad de hombres y mujeres hayan cambiado de parecer respecto a Ella, La Iglesia –como una barca sobre las aguas de los mares del planeta- no cambia su ruta por nada. Como Cristo, su fundador, Ella es la misma de ayer, de hoy y lo será siempre.

Un día como hoy –hace mucho tiempo- Resucitó Jesús de Nazaret de entre los muertos, para quedarse con nosotros en Espíritu y en Verdad todos los días, y acompañarnos hasta el fin de los tiempos. Que por el poder de su Resurrección nos libre a todos del imperio de la muerte y el misterio de la iniquidad que acampa en este mundo, y nos conceda la gracia de llegar a ser auténticos discípulos suyos, para la gloria de Dios Padre. Amén.

Sin otro particular por el momento, aprovecho para suscribirme a sus órdenes siempre.

Atentamente,

Mario R. Saviñon

Pd. En el Libro del Éxodo hemos leído en estos días sobre como el pueblo de Israel, hombres y mujeres religiosos, hacían un intento serio por cumplir con los mandatos del Señor, las tradiciones heredadas de sus padres. El capítulo XII de dicho Libro Vetero-testamentario concluye de esta forma:

“Entonces los israelitas se inclinaron en actitud de adoración, y luego fueron e hicieron todo tal como el Señor había ordenado a Moisés y Aarón...” [v. 28]

A fin de cuentas sabemos que el negocio con aquello que se opone a Dios, con lo “oculto”, no es rentable. La paga del pecado es la muerte, la muerte eterna.

Relativismo Moral

Por Maribel German

El hombre es la medida de todas las cosas....

Hace unos días, estando en una reunión de amigos, salió a la conversación el famoso y trillado tema del aborto. La discusión nos involucró cada vez más a todos. Hubo todo tipo de argumentos y posiciones encontradas: por un lado, el que decía que el aborto es un derecho de la mujer sobre su cuerpo; otros opinaron que la pobreza en nuestro país es tan dramática, que había que practicar el aborto en zonas marginadas (para que no vinieran más niños al mundo a sufrir); unos más argumentaban que el feto no es una persona, sino sólo un conjunto de células; y no faltó el que alegó que desde el momento de la concepción el feto posee toda la información genética propia de un ser humano, y que por tanto tiene derecho a vivir. Posiciones, me parece, con las que nos hemos encontrado todos algún día.

Sin embargo, en un momento de mayor acaloramiento, hubo uno que creyéndose un poco más listo que los demás -y por supuesto más “moderno”-, nos dijo a todos lo siguiente: Pero... ¿por qué discutir?, Ximena tiene su propia verdad sobre el aborto y Pedro la suya; lo más importante en esta vida es ser “tolerante”, porque la verdad es “relativa”. Y con esto pretendió dar fin a la conversación...

Paradójicamente mi amigo tratando de mostrar una actitud abierta, plural y moderna, no hizo sino afirmar un criterio que planteaba como absoluto y no discutible. Al decir que “la verdad es relativa”, nos ofrecía una “verdad” que nadie podía relativizar ni refutar.

Por otro lado, he de decirle a mi amigo que su actitud “moderna” ante la verdad, no lo es tanto, pues no tiene sus raíces en este siglo, sino en el muy lejano siglo V A.C., cuando Protágoras postulaba la siguiente tesis: “El hombre es la medida de todas las cosas...” , y con ello dio inicio al relativismo intelectual en donde no son las cosas -la realidad- la que posee su propia “medida”, su propio ser; sino que es el hombre el que determina dicha medida y verdad. Por tanto, para que el conocimiento del hombre sea verdadero -según Protágoras-, éste no debe someterse a la realidad, al ser y “medida” de cada cosa, sino que es el intelecto del hombre el que determinará la medida para cada ser.

Ante dicha tesis, podemos preguntarnos: ¿Dónde queda para Protágoras -al igual que para el hombre moderno-, el criterio que garantice la objetividad y universalidad de la verdad? Ese criterio que nos lleva a poder entendernos con el lenguaje, ya que somos capaces de denominar con un mismo nombre al mismo ser, de determinar sus características esenciales y de hacer un concepto universal del mismo. Si cada cual tuviera una percepción diversa y determinara arbitrariamente el ser y “medida” de la realidad, ¿acaso seríamos capaces de comunicarnos los hombres?

A la tesis de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas...”, responde Platón a manera de crítica: “si el hombre es la medida de todas las cosas, en consecuencia, como a mí me parezca que son las cosas, tales serán para mí, y como a ti te parece que son las cosas, tales son para ti”; de tal modo que, si a Juan le parece que todos los hombres necesitan respirar para vivir, y a Pedro le parece que no es necesario que el hombre respire para que pueda vivir, en efecto, cada uno tendrá una percepción y una “medida” diversa de la realidad, pero también unas consecuencias diferentes.

La pregunta es si la percepción de Pedro o de Juan ¿cambiarán en algo el hecho real de que el ser humano, “todo ser humano”, necesite de respirar para mantenerse vivo?, Y más aun, ¿qué consecuencias concretas se sucederían si Pedro fuera coherente con su percepción y “medida”?

Para Protágoras “el conocimiento es algo del sujeto, algo que se da en su mente, por lo que el hombre puede crearlo y presentarlo como mejor le acomode; es cuestión de habilidad”. Pierde entonces la dimensión objetiva, trascendente y universal de la verdad, al pretender que el hombre sea medida de la misma. No hay entonces criterio alguno de verdad, la medida será arbitraria y, al depender del hombre, de cada sujeto, habrá una pluralidad de verdades tan infinita como la pluralidad de hombres existentes (tal y como pretendía mi amigo con su actitud “moderna”).

Según la filosofía realista, la verdad es “la conformación entre el entendimiento y la cosa (o realidad)”, de tal manera que la verdad está en el intelecto, en el sujeto -y en este sentido se dice que es subjetiva-; pero sólo una idea o concepto tendrá la categoría de verdad, cuando ésta se adecue a la realidad del objeto -y es en este otro sentido que podemos afirmar que la verdad es objetiva-. Es decir, la verdad efectivamente radica en la inteligencia del hombre, pero sólo podemos decir que alguien posee un conocimiento verdadero, por ejemplo sobre el agua, cuando el juicio de la inteligencia acepta que el agua es un compuesto de H2O. Si la inteligencia de Luis nos dice que el agua es un compuesto de H3O, entonces decimos que la proposición que Luis afirma es falsa y no verdadera, porque no se adecua a la “realidad” del agua.

A diferencia de Protágoras -y en general de los relativistas-, observamos que Tomás de Aquino pone hincapié en que la objetividad de la verdad sólo puede fundamentarse en la res o cosa, en la realidad misma. De tal manera que afirma que si la verdad es la adecuación de la inteligencia con la realidad, “resulta entonces que la cosa misma es la medida de nuestro entendimiento (res enim est mensura intellectus nostri)”.

En conclusión decimos que, sí hay un parámetro o criterio objetivo de verdad, y que éste hace referencia a la naturaleza misma de las cosas, a lo que las cosas son, y no a lo que arbitrariamente pretende el hombre individual -cada hombre- que sean.

Protágoras, precursor como hemos visto del relativismo, no hizo sino crear una falacia sobre la cual se fundamenta uno de los tipos de relativismo: el relativismo individualista. La tesis: “el hombre es la medida de todas las cosas...”, no hace sino expresar “aquella forma de relativismo para la cual el elemento condicionante de la verdad del juicio será el sujeto cognoscente individual, es decir, todos y cada uno de los hombres. La estructura de cada sujeto humano determinará la verdad del juicio”.

Esta forma de relativismo llamada individualista, propicia una postura arbitraria del hombre ante la verdad, ante el conocimiento de la realidad que; llevada al extremo, va creando en el hombre no sólo una actitud ante la verdad como algo abstracto, sino ante la verdad concreta sobre el hombre y el cosmos, lo cual puede tener serias implicaciones para la convivencia entre los hombres y de los hombres con el cosmos.

Por ejemplo: si un individuo ha determinado en su juicio “personal” (en su propia medida de la realidad) que el incendio de bosques es una actividad divertida, y lo pone en práctica, está destruyendo un bien objetivo que pertenece a todos los hombres, y que no podemos permitirlo, aunque a la persona en cuestión le parezca divertido y recreativo en “su medida y en su personal juicio”.

De igual manera pasa con los juicios de valor moral: si la moral es la ciencia que estudia la bondad o maldad de los actos humanos, decimos que debe existir una verdad sobre los mismos, y que es el hombre el que debe adecuarse a esa verdad y no pretender adecuar la verdad a su “medida” o conveniencia.

Pero, ¿qué tipo de verdad podemos conocer sobre la actuación libre del hombre, sobre la bondad o maldad de sus actos? La verdad que nos aporta el conocimiento de la naturaleza humana. Sabemos que la bondad hace relación al bien del hombre, por lo que, para determinar objetivamente que algo es bueno, tenemos que demostrar que efectivamente es bueno para el hombre, esto quiere decir que lo perfecciona, desarrolla, plenifica -como un ser inteligente, libre, capaz de amar y trascender-, y que, por consecuencia, lo lleva a la felicidad como a su fin propio. Por el contrario, algo es malo cuando corrompe, destruye y/o limita al hombre y por consecuencia lo hace infeliz. Este criterio nos ayuda a determinar de manera objetiva la moralidad de la acción humana, pues está basado en la naturaleza o ser del hombre y no en una medida o criterio subjetivo.

Como podemos ver, es fundamental el concepto de hombre que tengamos. Hay que aspirar a un conocimiento de la persona humana que sea integral y veraz, ya que, si mi concepto de hombre es falso, limitado o parcial, la moralidad de las acciones será juzgada también con falsedad o parcialidad. Concebir al hombre como pura materia y negar, “porque esa ha sido mi medida sobre el hombre”, la dimensión espiritual, libre y trascendente del hombre, me llevará a dar un juicio de valor positivo sólo a aquellas acciones que desarrollen al hombre materialmente (ya sea en su dimensión corporal, económica o de capacidad de gozo y placer). Por el contrario, si mi concepto de hombre es únicamente de un ser espiritual, daré un juicio de valor positivo sólo a las acciones que lo desarrollen espiritualmente (en su dimensión religiosa, trascendente, intelectual, volitiva...), tratándolo tal vez como un ángel y no como quien es.

Ninguna de estas visiones sobre el hombre se adecua a la realidad del mismo, ya que analizando el ser y el actuar del hombre, observamos que éste realiza actos sensitivos (materiales) como el moverse, comer, respirar..., pero también realiza actos de tipo intelectual (espirituales o inmateriales) como pensar, amar, elegir... Por tanto, el hombre es un ser tanto material como espiritual, es corporal, pero tiene inteligencia y libertad, por lo que necesita, para su pleno desarrollo, de la adquisición de bienes de índole material, pero también de índole espiritual. Y como lo que regula la conducta del hombre es su inteligencia y voluntad (capacidades superiores en el hombre), todos los bienes que el hombre adquiere deben ser ordenados por su inteligencia. Cuando el hombre adquiere un bien de manera desordenada, ese bien se convierte en un mal para él, porque no lo perfecciona sino que, por el contrario, lo corrompe o aniquila. Por ejemplo, si Lucía utiliza una droga como medicamento, esa droga es un bien, porque está ordenada a la mejora y salud de Lucía, pero si Lucía utiliza una droga para experimentar los efectos de placer que trae consigo, esa droga no sólo no le ayuda en su mejora personal, sino que le es dañina y destructiva.

Podemos concluir que: si un hombre decide inventar criterios de moralidad alejados de la naturaleza humana, de su perfeccionamiento, finalidad, y del bien que le corresponde de suyo, esos criterios -aunque “medidos y determinados” por un hombre concreto-, no dejarán de ser erróneos y de lastimar y dañar su naturaleza.

Por otro lado, si rechazamos como fundamento de la moralidad a la naturaleza humana, sucede que la moralidad entera se nos desmorona, ya que la moralidad quedará al acecho de una voluntad egocéntrica que busca fijar sus propios principios de actuación aunque se dañe a sí misma, a sus semejantes o a otros seres de la naturaleza. Lo importante para esa voluntad será únicamente “ser la medida” y no someterse a una medida ya dada.

Pensemos y reflexionemos por unos minutos sobre nuestra realidad más cotidiana... ¿No es verdad que la mayoría de las veces en que negamos la verdad de un criterio moral, es en el fondo porque buscamos justificar una conducta inmoral? No es extraño ver que quien ha mantenido relaciones sexuales con una persona que no es su cónyuge, y no “quiera” dejar o romper con dicha relación por el placer o adicción que le provoca, acabe por buscar argumentos que justifiquen su actuación, al punto muchas veces de llegar a negar que la fidelidad sea un criterio verdadero y bueno para el matrimonio.

Si negamos que la verdad es universal y tiene como fundamento la naturaleza de cada ser, nos podemos preguntar: ¿dónde se fundamentan y encuentran su cimiento los derechos humanos, esos derechos universales y válidos para todos los hombres...?

Vivimos en una época en donde el hombre, buscando ser “la medida de todas las cosas”, pretende ser el árbitro y medida incluso de los derechos humanos, esos derechos inalienables que nos corresponden a todos los hombres por el hecho de serlo (es decir, por naturaleza). Tal es el caso de la negación del primer y fundamental derecho: el derecho a la vida. ¿Por qué hemos cuestionado este derecho? ¿Por qué en tantas legislaciones observamos que el derecho a la vida ha quedado desprotegido, despenalizando el aborto o la eutanasia? ¿Por qué buscamos tantos argumentos falsos que justifiquen quitarle la vida a otro?

Hemos permitido que “el hombre sea la medida de todas las cosas...”, incluso de los demás hombres. Un grupo de personas deciden y pactan en una legislación que los niños que tienen alguna malformación genética “No tienen derecho a vivir”, ¿acaso no es éste el mismo crimen que cometió Hitler al determinar y decidir que los judíos no tenían derecho a vivir? En ambos casos, el (o los) hombres han pretendido ser “LA MEDIDA”, la medida que determine quién tiene derecho y dignidad de persona y quién no.

Las normas éticas no son producto de condicionamientos sociales o culturales, tampoco son el resultado de la llamada “evolución histórica”, y mucho menos de una suma de voluntades o de una única voluntad caprichosa. O las normas éticas se fundamentan en la naturaleza humana, en lo que es el hombre, en la dignidad que tiene por sí mismo, en su finalidad intrínseca -ser feliz y trascender-, o no tienen fundamento alguno. Y si acabamos con las normas éticas y con los derechos humanos, seamos honestos, vamos en camino de acabarnos los unos a los otros.

Ahora bien, las leyes morales, objetivas y universales, sólo pueden ser descubiertas por el hombre analizando con profundidad al hombre mismo. Este es el reto, descubrir la verdad sobre el hombre y adecuarse a esa realidad y medida. Si el hombre busca a toda costa imponer su propia medida, va en camino de destruir lo que le rodea y de destruirse a sí mismo; ésta es la triste consecuencia que nos espera.

Como vemos, el relativismo no es sólo una actitud teórica y abstracta, es una realidad que permea nuestra vida cotidiana. Por eso me pregunto ¿no será acaso esa actitud de vida que hemos asumido, esa falta de compromiso leal con la verdad, lo que ha llevado al hombre al vacío existencial en el que vive, a no encontrar su plenitud y verdadera felicidad?

El hombre no es feliz siguiendo caprichosamente su propio placer e imponiendo su propia y egoísta medida a las cosas; no es feliz con una actitud relativa ante el mundo, los demás y él mismo. La experiencia y la vida diaria nos indican que el hombre sólo es feliz cuando conoce la verdad y actúa en consecuencia, cuando busca y se compromete con el auténtico bien, en definitiva, cuando se dirige al fin al que por naturaleza tiende.

No nos engañemos: el hombre sí es capaz de conocer la verdad y de seguir el bien. La postura relativista no es sino una antigua postura que busca hacer del hombre el centro del universo y pretende adaptar la verdad a la conveniencia del momento. Sin embargo -como hemos visto-, esta postura no tiene fundamento alguno y es en sí misma contradictoria. La propuesta es tener una actitud sencilla y leal para con la verdad, y ser valiente en la elección del bien. Este es el camino que lleva al hombre a encontrarse consigo mismo, a relacionarse con los demás y a respetar la naturaleza, en definitiva sólo esta actitud de lealtad y compromiso con la verdad lleva a la auténtica felicidad, a la felicidad profunda y duradera.

BIBLIOGRAFÍA:

1. Oliveros F. Otero, Educación y Manipulación, Editorial Minos, 1987
2. Gevaert Joseph, El Problema del Hombre, Ediciones Sígueme, Salamanca 1993
3. Damm Arnal Arturo, Falacias Filosóficas, Editorial Minos, México DF, 1991
4. Yepes Stork Ricardo, Fundamentos de Antropología, EUNSA, 1996
5. ATT, Gran Enciclopedia Rialp, Tomo XIX, Editorial Rialp, Madrid España, 1973
6. Gambra Rafael, Historia Sencilla de la Filosofía, Editorial Minos, México DF, 1986
7. Gómez Pérez Rafael, Problemas Morales de la Existencia Humana, Editorial Magisterio Español, España 1980
8. Llano Alejandro, Gnoseología, EUNSA, Pamplona España, 1984

¿Permite La Iglesia la cremación de los cadáveres?

La cremación es la destrucción violenta del cadáver humano por medio del fuego o de un potente calor, en el horno crematorio.

Muchos pueblos paganos de la Antigüedad recurrían a la cremación. muy por el contrario, el pueblo judío, y después los cristianos, siempre rechazaron la cremación por considerarla indigna y no conveniente a la reverencia debida al cuerpo humano, templo de la Santísima Trinidad.

Las raíces judaicas de la tradición cristiana se caracterizan por una prolongada prohibición de la cremación, como una reacción a intentos igualmente prolongados de aniquilar la existencia y el recuerdo de los judíos. Aunque la cremación era una práctica común entre los griegos y romanos, por lo menos entre los más pobres, los cristianos abandonaron esta práctica, entre otras cosas, por:

- fe en la Resurrección del cuerpo
- reverencia por el cuerpo como miembro del Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo
- una fuerte reacción en contra de la costumbre que tenían los perseguidores de La Iglesia de quemar los cuerpos como una burla en contra de la creencia en la Resurrección

La práctica de la Iglesia primitiva fue definida en 1917 en el Código del Derecho Canónico, el cual prohibió estrictamente la cremación, excepto cuando se requería la rápida disposición de los cadáveres por una grave necesidad pública, como en tiempo de plagas o desastres naturales.

La Iglesia incluso llegó a negar los ritos de sepultura Cristiana a quienes optaran por la cremación. Hasta el 5 de julio de 1963 la disciplina canónica era severa en lo tocante a la cremación de los cuerpos de los fieles fallecidos. Castigaba negando las exequias —es decir, la recomendación del alma, y la celebración de las Misas de cuerpo presente, de séptimo y trigésimo día— a aquellos que postulasen la cremación de su cadáver.

Las reformas del Concilio Vaticano Segundo tocaron todas las áreas en la vida de la Iglesia, incluyendo los ritos de funeral y entierro. El primer documento que seria promulgado por el Papa Pablo VI, después del inicio del Concilio, estableció que “el rito para el entierro de una persona muerta debe poner en evidencia mas claramente el carácter pascual de la muerte Cristiana, y debería corresponder más cercanamente a las circunstancias y tradiciones encontradas en varias regiones”. (Sacrosanctum Concilium # 81, Diciembre de 1963)

Una instrucción del Santo Oficio, específicamente relacionada con la cremación, modificó la posición de la Iglesia a permitir la cremación cuando sea requerida por alguna razón aceptable (Piam et Constantem, Mayo de 1963). Esta posición ahora ha sido registrada en el Código Revisado del Derecho Canónico en el término siguiente: “La Iglesia encarecidamente recomienda que se conserve la piadosa costumbre del entierro; pero esto no prohíbe la cremación, a menos que ésta se elija por razones que son contrarias a la enseñanza de la Iglesia”. (El Código del Derecho Canónico, 1985, # 1176.3)

La razón por la cual la Iglesia se opone a la cremación no es porque ésta en sí estaría contra el dogma de la resurrección. La resurrección de los cuerpos no se hace más difícil por la cremación que por la corrupción de los cuerpos. Dios, a partir de una minúscula célula del cuerpo humano (sea contenida en la ceniza funeraria, sea en el resultado de la corrupción orgánica) lo reconstituye por entero.

Si la Iglesia condena la cremación es antes que nada porque ella se opone a la antiquísima tradición que remonta a los propios orígenes de la humanidad y que radica en los justos sentimientos de reverencia hacia el cuerpo humano, santificado por la intimidad con el alma elevada por la gracia, que lo convierte en templo vivo del Espíritu Santo.

Sobre la Jornada Mundial de la Juventud

MISTERIOS Y SORPRESAS REVELADORAS

Por Luis Fernández Cuervo

Esos cuatro días del Papa con casi dos millones de jóvenes en Madrid, presentan hechos sorprendentes de la pasada Jornada Mundial de la Juventud. Confieso que he gozado leyendo y viendo una amplia información a través de Internet. La he visto desde dentro, desde mi fe y vida cristianas. Pero ahora quiero imaginar lo que podría sentir alguien, ni católico ni anticatólico, de mentalidad abierta y honesta, que observara todo directamente. ¿Que vería? ¿Qué le sorprendería? ¿Qué imágenes, que actitudes, que palabras le impactarían más?

Pienso que lo primero sería el hecho de esos miles de jóvenes desplazándose alegres e ilusionados desde varios punto de España y de otros países, algunos tan distantes como las islas Mauricio o Pakistán, para ver y escuchar… ¡a un anciano de 84 años! ¿Por qué?

Cuando algo equivalente ocurría con Juan Pablo II, en sus primeros años de pontificado, los mal pensantes, los de la crítica rastrera, explicaban que Juan Pablo II había sido actor, que dominaba el arte escénico, que tenía una fisonomía atractiva, etc. Pero ¿ahora?... Benedicto XVI da una imagen casi opuesta: la de un anciano frágil, tímido en su sonrisa y movimientos, alguien que no se encuentra a gusto mostrándose ante multitudes clamorosas. Es la imagen real de un teólogo eminente, de un hombre de estudio, de biblioteca.

¿Cuál es, entonces, su atractivo? preguntaría ese espectador neutral a alguno de los sacerdotes y escucharía que los jóvenes le siguen, le aplauden y le escuchan, porque ven en él lo que representa: el Papa, el Vicecristo, o como decía Santa Catalina de Siena: “el dulce Cristo en la Tierra”.

Sigamos a ese observador externo sin prejuicios, atento a los diversos aspectos del evento. Las muchedumbres aplaudiendo no le sorprenden demasiado. Esas se ven también ante figuras del cine, los deportes, las princesas europeas. Además los jóvenes, ya se sabe –piensa- para correr, cantar, entusiasmarse, si tienen buena salud y pocos años, siempre están dispuestos.

Pero enseguida descarta esa explicación superficial, al observar de cerca, y uno a uno, los rostros de esos jóvenes. Su alegría es auténtica –sentencia- y hay en la mirada de muchos, no de todos, algo que mueve a pensar en que tienen algo mas que juventud, tienen algún misterio para estar tan contentos con su vida. No he visto unos rostros así, con esa mirada y esa rotunda alegría –reflexiona- en esos otros jóvenes satisfechos de cosas pero aburridos y desorientados, esos metidos de lleno en la anticultura imperante.

Pronto pregunta a algunos de ellos: -Tú, ¿qué esperas encontrar en esta Jornada?. Las respuestas son variadas: –Yo vengo porque me invitaron y quiero saber que es esto. -Yo espero encontrar aquí lo que Dios me pide a mí. -Yo ya encontré antes lo que buscaba; ahora vengo para agradecer a Jesús mi Fe, mi razón de vida y para animar a mis amigos a que encuentran la Fe que yo vivo.

-¿Por qué estáis tan alegres? -pregunta nuestro observador. –Porque estar en Gracia y tener fe en Jesucristo dan una alegría que ningún otro da, lo que no encontré cuando antes vivía sin saber que sentido tenía mi vida. -¿Y que es eso que me dices –insiste-, que es eso de estar en Gracia…? Y entonces una pareja de novios que pasaba por allí le dice: -¿Quiere saberlo? Venga con nosotros, vamos al parque, al Retiro, vamos a confesarnos.

Nueva sorpresa. En uno de los paseos de ese tradicional parque madrileño, doscientos confesionarios. Y los doscientos ocupados y una cola de chicos y chicas esperando. Y le explican que el Papa también ha estado allí, recibiendo confesiones como un sacerdote más.

Y luego, el Vía Crucis y su sorpresa ante el valor artístico de las imágenes de cada estación y ante la actitud de recogida oración de todos los circunstantes.

Después la sorpresa desagradable en la Puerta del Sol: unas chicas extranjeras, muy jóvenes, de rodillas, rezando y mostrando su crucifijo ante una jauría de gente iracunda, blasfema, insultante, que escupe y les da empujones, gritando: ¡No hay Dios, no hay Dios, no hay Dios! Y nuestro observador deja su frialdad de observador y pregunta enojado a uno de los rabiosos que por qué atacan a esa gente pacifica. La respuesta le deja estupefacto: -“Nos están provocando, porque están aquí, porque rezan, porque existen… y les vamos a quemar otra vez, como en el 36”.

Nuestro observador necesita pacificar su ánimo. Se va a la explanada de Cuatro Vientos. Allí se serena y comparte, de alguna manera, la adoración silenciosa de casi dos millones de jóvenes ante Jesús sacramentado. Algo le ha tocado, no sabe todavía qué, pero muy dentro, en lo más profundo del alma.

Me llamarán bienaventurada todas las generaciones


"Si santa María Magdalena, que ha sido pecadora y de la cual el Señor ha expulsado siete demonios, ha merecido ser glorificada hasta tal punto punto que su alabanza permanece en la asamblea de los santos, ¿quién podrá medir hasta qué punto «los justos se gozan en la presencia de Dios y desbordan de alegría" refiriéndonos a la Virgen María, que no ha conocido barón?... Si el apóstol san Pedro, que no sólo no ha sido capaz de velar una hora con Cristo, sino que incluso llegó a renegar, ha obtenido tal gracia, que le han sido encomendadas las llaves del Reino de los cielos ¿De qué elogios Santa María no es digna, Ella que llevó en su seno al rey de los ángeles en persona, al cual los cielos no pueden contener? Si Pablo, que "no respiraba más que amenazas y matanzas con respecto a los discípulos del Señor»..., ha sido objeto de tal misericordia...que ha sido arrebatado «hasta el tercer cielo, sea en su cuerpo o fuera de su cuerpo", no es sorprendente que la santa Madre de Dios, que ha permanecido con su hijo en las pruebas que ha soportado desde el cuna, haya sido elevada al cielo, incluso en su cuerpo y exaltada por encima de los coros angélicos.

Si hay «alegría en el cielo ante los ángeles, por un solo pecador que hace penitencia», ¿qué hermosa y alegre alabanza se elevará ante Dios, ante la persona de Santa María, que nunca ha pecado?... Si realmente aquellos que «en el pasado estuvieron en tinieblas» y han llegado, por la gracia, a ser «luz en el Señor» «brillarán como el sol en el Reino de su Padre», ¿quién estará en condiciones de relatar «el peso eterno de gloria» de Santa María, que ha venido a este mundo «como Aurora que se levanta, hermosa como la luna, elegida como el sol", y de quien ha nacido «la luz verdadera que ilumina todo hombre en este mundo»? Por otra parte, ya que el Señor dijo: "El que me sirve, que me siga, y donde yo estoy, también estará mi siervo", ¿Dónde pensamos que está su Madre, que le ha servido con tanto empeño y la constancia? Si le ha seguido y le ha obedecido hasta la muerte, nos sorprende que ahora, más que nadie, "siga del Cordero dondequiera que vaya.»"

(Referencias bíblicas: Lc 8, 2; Sal. 149, 1; Sal. 67, 4; Lc 1, 34; Mt 26, 40.70; Mt 16, 19; Hch. 9, 1; 1Co 7, 25; 2 Co 12, 2; Lc 22, 28; Lc 15, 7; Ef. 5, 8; Mt 13, 43; 2 Co 4, 17; Co 6, 9; Jn 1,9; Jn 12, 26; Ap 14, 4)

Seamos más serios

Por Mons. Francisco José Arnaiz S.J.

No es la seriedad punto fuerte nuestro. La seriedad es especie escasa. Los serios se sienten desarraigados y extraños.

Decimos una hora y llegamos a otra. Ponemos un precio y hay que pagar otro.

Damos palabra que así será y después nada sucede.

Decimos que sí y es no, y decimos no y luego resulta que es sí.

Aseguramos que la raíz de un mal está en un punto concreto y estamos seguros que tal raíz es otra muy diferente.

Decimos que vamos a hacer y conseguir, y luego nada hacemos; y por supuesto, nada conseguimos.

Proclamamos la objetividad en nuestro pensar y hacer y después lo único que pretendemos es imponer a los demás nuestros peculiares modos subjetivos de pensar y de actuar.

Pregonamos que estamos saneando la corrupción y resulta que gente de ingresos recortados, sin capital propio, adquiere impunemente, a vista de todos, propiedades millonarias.

Queremos salvar la patria y andamos minándola y desgarrándola por todas partes.

Estamos convencidos que, en el momento crítico que atravesamos, la solidaridad y unión de todos es necesaria e impostergable y multiplicamos los ataques mutuos, los antagonismos y los divisionismos.

Repetimos una y otra vez que hay que impulsar y modernizar nuestra agropecuaria y seguimos haciendo la vida campesina y agrícola insostenible e insoportable.

Peroran, no pocos, que quieren el poder para arreglar los problemas de la nación y resulta que a ellos sólo les interesa la nación para alcanzar el poder y olvidarse de ella una vez obtenido.

Aseguran muchísimos que desean el poder público para servir y resulta después, que, una vez obtenido el poder, lo emplean exclusivamente para asegurar su futuro y presumir.

Pedimos todos aliento y optimismo para hacer frente airosamente a tanta dificultad acumulada, y nos regodeamos de llenar las páginas de nuestros diarios y el mayor tiempo de nuestras conversaciones con noticias lamentables y depresivas.

Sabemos que la peor pobreza es la ignorancia y la incapacitación para la vida y para el trabajo y regateamos después los fondos necesarios para una educación que llegue a todos, que sea de calidad y que cuente con preparados, entusiasmados y bien remunerados maestros y educadores.

Estamos conscientes que ha llegado el momento de sacrificarnos todos y buscamos que se sacrifique el vecino.

Chillamos que hay que subordinar los intereses propios y grupales al interés común y no admitimos el interés común si este no coincide con el nuestro.

Deseamos que los barrios pobres periféricos no se subleven y nos empeñamos en mantener a sus pobladores en salarios desesperantes, en subempleo y en desempleo.

Protestamos con razón del despilfarro de los ricos y nada decimos de algunos pobres que dilapidan fundamentales pesos en ron, barras, juego y cerveza.

Insistimos en que hay que trabajar mucho y producir mucho más y el ideal común es vivir bien con el mínimo esfuerzo.

Protestan no pocos contra los métodos represivos y siente nostalgia, después, de sistemas históricamente opresivos y dictatoriales.

Reclamamos todos el recurso al diálogo en las situaciones conflictivas y después convertimos ese diálogo en una sarta de monólogos sucesivos o simultáneos.

Queremos un gobierno firme y, en cuanto aprieta un poco, lo llamamos inmediatamente “trujillista”.

Ante el cúmulo de necesidades y la limitación de recursos económicos abogamos por sabias programaciones y, después, todo es improvisar y dejar que las cosas bailen a su son.

Nos inquieta que aumente el crimen y se multipliquen los delitos y, después, pletóricos de misericordia, nos ponemos compasivamente del lado del pícaro, del maleante, del criminal y del delincuente.

Hasta en las universidades, que debieran ser dechado de seriedad se obtienen títulos sin cursar materias importantes. En ellas hay semestres de cuatro meses y clases en las que el profesor no cumple con la mínima escolaridad exigida a los alumnos y se aprueban exámenes nunca hechos.

Y miren por dónde. “Serio”, cuyo substantivo es “seriedad” es una palabra que procede del vocablo “severo”, “severus”, “severitas” en latín. Y “severus” en latín procede de “se” prefijo enfático y “verus”, que significa verdadero, veraz, auténtico.

La verdad es dura, intransigente, rigurosa, íntegra, recia e insobornable. Por eso el que a ella se pliega, el que la respeta es SEVERO, es SERIO.

Todo esto supuesto, se imponen dos preguntas. ¿Estarían como están las cosas en la República Dominicana, si hubieran sido todos, si fuéramos todos más serios?, ¿Saldremos del callejón, en el que estamos metidos, si continuamos en la inveterada falta de seriedad?

Hay una solución drástica para la falta de seriedad en la administración pública y aun en la empresa privada: la supervisión, el control y el castigo. Nuestra realidad exige que se institucionalice y funcione eficientemente el inspector, el auditor y el controlador. Y a menor seriedad, mayor vigilancia, mayor inspección y mayor control. La falta de seriedad produce irremisiblemente irresponsabilidad, inoperancia e ineficiencia.

Lo reacios que somos a este tipo de acciones es prueba de lo poco serios que somos y de la poca voluntad que tenemos de salir de nuestra falta de seriedad.

Es sintomático que encaremos con chistes gruesos o sutiles los problemas serios que nos envuelven y que cuanto peor se pongan las cosas, más dispuestos estemos a divertirnos. Significativamente el descenso del poder adquisitivo no ha traído un descenso notable en el consumo de la bebida nacional.

En nuestra falta de seriedad quizá algo cuente nuestro anestesiante clima y nuestro reverberante sol, pero, fundamentalmente el problema es de educación.

Psicológicamente la seriedad es una actitud ante la vida. Las actitudes, globales o específicas, no surgen espontáneamente ni son de fácil adquisición, sobre todo cuando su gratificación no es inmediata ni exenta de sacrificios. Requieren de la mano experta y paciente del educador consagrado que sepa dosificar sus entregas y no forzar el ritmo del proceso.

Las actitudes se forman fundamentalmente alrededor de los valores y de los contravalores, aceptados los primeros y rechazados los segundos.

Enseñar a “valorar” objetiva y correctamente cuanto rodea al niño y al joven y cuanto la sociedad busca y persigue es un arte difícil. En él debe estar muy versado el educador.

Desmontar falsos valores que el niño y el joven (mucho más el adulto) ha empezado a integrar o integrado ya, por ósmosis de la sociedad en la que está inmerso, y montar reales valores, que esa sociedad posterga y aún vilipendia, no es nada fácil pero es función indeclinable del educador.

Iniciar al niño y al joven en experiencias vitales, que le resultan equívocas, y ayudarles a discernir esas experiencias para que los valores auténticos sean comprendidos y optados, y para que los contravalores sean rechazados es obra delicadísima en la que el genuino educador debe lucirse.

Minimizar, según esto, el papel del educador y subestimarlo es de fatales consecuencias. Tarde o temprano se pagarán altos costos por tan imperdonable subestima.

Poco a poco una buena parte de nuestros centros educativos ñpomposo nombreñ en vez de ser centros de formación e instrucción se han ido convirtiendo en meros centros de instrucción, de trasmisión de conocimientos, desvinculándose o reduciendo al mínimo la formación de la persona. Ya apenas hay educadores. Sólo existen profesores y éstos recalcan enfáticamente que ellos son solamente profesores de tal o cual materia y que no son educadores.

Cervantes en su célebre “Coloquio de los perros”, pone en boca de Braganza este encomio y loa a sus antiguos educadores:

“No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco o nada de ella, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que, juntamente con las letras les mostraban. Consideraba cómo los reñían con suavidad; los castigaban con misericordia: los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura”.