Una idea central...

Somos La Iglesia católica


Nuestra familia está compuesta por personas de toda raza. Somos jóvenes y ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres, pecadores y santos.

Nuestra familia ha perseverado a través de los siglos y establecido a lo ancho de todo el mundo.

Con la gracia de Dios hemos fundado hospitales para poder cuidar a los enfermos, hemos abierto orfanatorios para cuidar de los niños, ayudamos a los más pobres y menos favorecidos. Somos la más grande organización caritativa de todo el planeta, llevando consuelo y alivio a los más necesitados.Educamos a más niños que cualquier otra institución escolar o religiosa.

Inventamos el método científico y las leyes de evidencia. Hemos fundado el sistema universitario.

Defendemos la dignidad de la vida humana en todas sus formas mientras promovemos el matrimonio y la familia.

Muchas ciudades llevan el nombre de nuestros venerados santos, que nos han precedido en el camino al cielo.

Guiados por el Espíritu Santo hemos compilado La Biblia. Somos transformados continuamente por Las Sagradas Escrituras y por la sagrada Tradición, que nos han guiado consistentemente por más de dos mil (2’000) años.

Somos… La Iglesia católica.

Contamos con más de un billón (1’000’000’000) de personas en nuestra familia compartiendo los Sacramentos y la plenitud de la fe cristiana. Por siglos hemos rezado por ti y tu familia, por el mundo entero, cada hora, cada día, cada vez que celebramos La Santa Misa.

Jesús de Nazaret ha puesto el fundamento de nuestra fe cuando dijo a Simón-Pedro, el primer Papa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella» (Mt. XVI, 18).

Durante XX siglos hemos tenido una línea ininterrumpida de Pastores guiando nuestro rebaño, La Iglesia universal, con amor y con verdad, en medio de un mundo confuso y herido. Y en este mundo lleno de caos, problemas y dolor, es consolador saber que hay algo consistente, verdadero y sólido: nuestra fe católica y el amor eterno que Dios tiene y ha tenido por toda la creación.

Si has permanecido alejado de La Iglesia católica, te invitamos a verla de un modo nuevo hoy, visita www.catolicosregresen.org.

Somos una familia unida en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Somos católicos, bienvenido a Casa...

Contenido del Blog

Soft Power

Estrategia de dominio e imposición cultural.

por José Martín Brocos Fernández

El poder blando es la capacidad de obtener lo que uno desea, atrayendo a los demás en lugar de amenazarlos o pagarles. Se basa en la cultura, en ideales políticos y en políticas. Cuando se persuade a los demás a querer lo que uno quiere, no es necesario gastar tanto en zanahorias [poder económico] y garrotes [poder militar] para hacer que avancen en la dirección adecuada. Y esto se está haciendo en la línea globalizadora que Schooyans (2001, 2002) denuncia como proyecto de instauración de un Nuevo Orden Mundial.

Joseph Nye (1990, 90(4):2-7) constata la interdependencia cada vez mayor de las naciones, y manifiesta que la política USA tiene que ser interdependiente, y que esa interdependencia debe utilizarse provechosamente para alcanzar las metas fijadas. Sin el concurso de otras naciones, por un lado no se podrían solucionar problemas globales, y por otro los objetivos de Estados Unidos se verían debilitados o incluso enquistados (Nye, 2003). Huntington (2004:413) realiza idéntica constatación:

Ni en el supuesto de la supremacía ni en el supuesto universalista relejan correctamente el estado del mundo de comienzos del siglo XXI. Estados Unidos es la única superpotencia, pero hay otras grandes potencias: Gran Bretaña, Alemania, Francia, Rusia, China y Japón a nivel global, y Brasil, India, Nigeria, Irán Sudáfrica e Indonesia en sus respectivas regiones. Estados Unidos no puede alcanzar ningún objetivo significativo en el mundo sin la cooperación de, al menos, alguno de esos países.

Nye (2003, 2004) incide en la necesidad de impulsar en acción conjunta el multilateralismo y la democratización del sistema internacional. En igual línea Fukuyama (2000) incide en que la cooperación mundial es un requisito imprescindible para el desarrollo de la democracia.

Escribe Joseph S. Nye (1990, 90(4):2) “Hoy, la principal fuente de poder en los asuntos internacionales puede encontrarse en persuadir a otras naciones a que consideren como propios nuestros intereses”. “Nuestros intereses” son los intereses de Estados Unidos, y por consiguiente, desde el punto de vista de la interdependencia, los intereses de los demás deben ser los intereses que Estados Unidos tenga (Nye, 2003). “Si yo consigo que tú quieras hacer lo que yo quiero, entonces no tengo que obligarte a hacer lo que tú no quieres hacer” (Nye, 2003:30).

Los Estados Unidos persiguen sus propios intereses y tienen que definir sus intereses nacionales de forma congruente con otras naciones[1]. Es por ello que “los Estados Unidos deben aprender a alcanzar sus metas a través de nuevas fuentes de poder: la manipulación de la interdependencia, la estructura del sistema internacional, el atractivo de los valores culturales comunes” (Nye, 1990, 90(4):2).

Para Nye es importante el cambio de óptica para catalogarse como superpotencia, pues el fijarse sólo en los recursos tradicionales no es enfocar la cuestión de forma adecuada [2] . La prueba del poder, escribe, “se halla en el cambio de proceder, no en los recursos” (1990, 90(4):3). En relación a la cuestión decisiva para los Estados Unidos, subordina la primacía militar a una redefinición de seguridad, en el sentido de “lograr que otros hagan lo que desea” (1990, 90(4):2), dando más importancia a las cuestiones económicas y ecológicas. La interdependencia financiera y comercial, con balance económico positivo, el crecimiento tecnológico, la capacidad de comunicación efectiva y de creación y uso de instituciones multilaterales, deben ser tenidas en alta consideración en la política exterior de los Estados Unidos.

La época presente nos ha traído una nueva interdependencia, y ello por “la naturaleza cambiante de la política mundial” (Nye, 1990, 90(4):2). Nye habla de cuatro tendencias nuevas que en estos años han ido surgiendo, y que hay que tener en cuenta. Por un lado tenemos un aumento de la interdependencia económica; constata igualmente que empresas transnacionales privadas disponen de enormes recursos, y estos participantes no estatales deben ser tenidos en cuenta en la política de la interdependencia; el fortalecimiento militar de los estados débiles, con lo que cualquier intervención armada tendrá siempre un mayor costo; y la realidad de que disminuye la capacidad de las grandes potencias para controlar su ambiente (1990, 90(4):5-6).

Los fenómenos internacionales contemporáneos han obligado a redefinir objetivos en base a los nuevos problemas o conflictos aparecidos. Al enfrentarse con estas cuestiones, escribe Nye (1990, 90(4):5) que aunque la fuerza puede a veces representar un papel, los instrumentos tradicionales de poder sólo en raras ocasiones bastan [3] . [Así, escribe más adelante] los nuevos recursos de poder -como la capacidad para contar con buenas comunicaciones o para emplear y desarrollar las instituciones multilaterales- puede ser más relevante.

La comprensión global de la política del soft power.

Postula Nye (2003) el tratar de involucrar al mayor número de naciones en la solución de problemas globales como el cambio climático, la estabilidad financiera internacional, el narcotráfico, o (Nye, 2004) la supresión del terrorismo [4] y la expansión de la democracia. Pero esta buscada y legítima cooperación internacional en la solución de problemas que quedan fuera del ámbito nacional, es ampliada globalmente por Estados Unidos a todos los campos de la convivencia, e impuesta por la totalidad de los organismos de la ONU, con estrategias y objetivos comunes en sus programas, a todas las parcelas de la vida social, tratando de buscar una homogeneidad global socio-cultural-ideológica acorde con el despliegue y erección de un Nuevo Orden Mundial hegemónico (Schooyans, 2001, 2002). Así se ha asumido universalmente en política la tesis de la democracia liberal como la forma ideal de gobierno (Fukuyama, 1992), de una economía de mercado globalizada y de un derecho eminentemente kelseniano. El propio Fukuyama (1992) establece la correlación democracia liberal estable con desarrollo económico de la nación, haciendo de la propia democracia el basamento y el trampolín del dinamismo humano y social.

La consecuencia de tal imposición es la subversión de la civilización cristiana asentada en creencias religiosas ligadas a una norma moral objetiva fundada en la perennidad de las leyes divinas; el aperturismo, o el intento de democratizar las renuentes teocracias islámicas con una cultura hermética y dogmática, con lo que lleva inherente de asunción de una nueva cosmovisión social y vital en los planos familiar, cultural, político, económico, jurídico, ético y moral, pues el liberalismo como totalitarismo de ideas es excluyente de otros pensamientos fuertes en armónica coexistencia; la disolución de los valores orientales, culturas más permeables a los cambios; en definitiva, la transmutación de la identidad histórico-cultural de los pueblos, la supresión de “la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones” (Gutiérrez García, 2001:221), la tendencia al mimetismo de nuevas costumbres sociales fruto del dirigismo cultural [5] y del positivismo jurídico que crea nuevos derechos y valores sociales, otrora considerados como disvalores, y la alienación de la conciencia en la inmanencia [6] .

En esta guerra de ideas se produce el choque de civilizaciones constatado por Samuel Huntington (1997:112, 2002:15-16.23) en lo que el denomina “resurgimiento cultural en países asiáticos e islámicos”. Pero es en el Islam propiamente, -pues las civilizaciones orientales, china, japonesa o hindú, y la africana son más receptivas e influenciables [7] a influjos exteriores ya que su concepción religiosa no implica una determinada cosmovisión unificadora político-social,- donde muchos países encuentran su identidad (Kepel, 1995 [8] , 1991/2005), que se ve amenazada, juntamente con el resto de civilizaciones, por el proyecto hegemónico auspiciado visiblemente [9] por las agencias de la ONU (Schooyans 2001, 2002), en la que la política del soft power no es más que uno de los instrumentos de imperialismo cultural utilizados; proyecto que va en paralelo a la difusión e implantación de unos valores [10] , inherentes a la democracia liberal (Fukuyama, 1992, 2000), y que chocan con la cosmovisión fuerte islámica que considera sus valores morales más auténticos (Kepel, 1995).

La armonización y coexistencia no es posible, pues ambas cosmovisiones, la islámica y la democracia liberal laicizada propugnada y postulada en este proyecto hegemónico de dominio mundial, implican una determinada concepción de la persona y conformación de lo social que es excluyente< [11] . Y ambas tienen intrínseco la exigencia de expansión y la intolerancia enraizada [12] . De ahí, que tanto en mirada retrospectiva de la historia, como prospectiva, no parezca ejecutable, por lo menos con eficacia real socio-jurídica, que trascienda la mera declaración nominal de principios, como si defiende Huntington (1997), la búsqueda de una moralidad mínima común a las civilizaciones y derivada de la común condición humana con el fin de evitar conflictos. En esta línea escribe Huntington (1997:382) que:

De la común condición humana se deriva una moralidad mínima `tenue´, y `las disposiciones universales´ se encuentran en todas las culturas. En vez de promover las características supuestamente universales de una civilización, los requisitos de la convivencia cultural exigen investigar lo que es común a la mayoría de las civilizaciones. En un mundo de múltiples civilizaciones, la vía constructiva es renunciar al universalismo, aceptar la diversidad y buscar atributos comunes.

Lo nuclear de la Antropología islámica es su concepción del hombre como el representante de Allah. La vinculación con Allah es el marco fundamental de su desarrollo, por ello el criterio de conducta práctico se concreta en la conducta, la práctica, la costumbre y la tradición del profeta recogida en el Coran y la Sunnah. El desarrollo y establecimiento de relaciones con los semejantes, y en este sentido, la creación de un código de atributos comunes con otras civilizaciones, estaría siempre ligado y fundado en la relación con Allah y con nuestra propia alma orientada al conocimiento, de ahí que tampoco quepa, como sostiene Samuel Huntington una especie de pax americana occidentalizada con fuerza real de sometimiento interior que sea aceptada como dirimente de conflictos.

Más temeraria es la opinión presente de Fukuyama (2004, Diciembre, párrafo 5) en el sentido que hay compatibilidad absoluta de la religión islámica con la democracia, dado que las doctrinas religiosas siempre están sujetas a una interpretación política. Sigue fielmente sin enmienda, su tesis expuesta de que ningún movimiento religioso en la política constituye un peligro, una alternativa viable a la democracia liberal. La religión nunca sería generalizable a la política (Fukuyama, 1992). Pero en el Islam esto no ocurre. Es una religión política, que vertebra la vida social (Kepel, 1988:13.243, 1991/2005; Khalil, 2001/2003:38) y está pensada para el control social, cultural, político y económico.

Fukuyama no ve más que una tendencia histórica irrefrenable en el devenir histórico hacia la democracia liberal (2004, Diciembre, párrafo 10), ya que al fin la democracia liberal será en el futuro la forma de gobierno que se generalice por ser el mejor sistema y régimen posibles, por lo que si podemos hablar de “una historia direccional, orientada y coherente, que posiblemente conducirá a la mayor parte de la humanidad hacia la democracia liberal” (Fukuyama, 1992).

Por otro lado, como muy bien apunta Huntington (1997) los supuestos valores universales como la democracia o la misma Declaración Universal de Derechos Humanos, para el mundo musulmán no deja de ser una creación artificiosa consensual de la decadente cultura occidental. Y la apreciación estimativa de corrupción y depravación del mundo democrático occidental, que el propio Fukuyama (2000) constata como consecuencia de la “quiebra de valores” y del compromiso social, parece corroborarles, aunque falazmente tanto en ponderación global, como en injusta correspondencia recíproca y en la propia realidad objetiva, la superioridad, justicia y moralidad de su religión y causa (Kepel, 1995).

Utilización del poder blando (Soft Power [13] ).

Nye es un teórico del “Soft Power”, consistente en una penetración ideológica a través de organismos de tipo cultural. La persuasión cultural como forma de penetración: las ideas, los ideales, el cine, la TV, la gastronomía, las modas. De este modo (1990, 90(4):6) , los adolescentes soviéticos utilizan vaqueros y compran música americana, o los jóvenes japoneses que nunca se han desplazado fuera de su nación llevan chaquetas con nombres de instituciones superiores norteamericanas. Este poder blando sutil y paulatinamente se va apoderando de parcelas de dominio uniformando el mundo en los moldes de la cultura y del estilo de vida americano. Así escribe Nye (1990, 90(4):6) que

un aspecto importante del poder es la capacidad para estructurar una situación de manera que otras naciones desarrollen preferencias o definan sus intereses con los de la nación estructurante. Este poder tiende a surgir de la atracción cultural e ideológica y también de los reglamentos e instituciones de regímenes tradicionales.

Así, siguiendo el ejemplo que Nye nos da, los Estados Unidos tienen más poder de incorporación en el concierto internacional que otros países, pues las instituciones que gobiernan la economía internacional, como el Fondo Monetario Internacional o el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, tienden a incluir los principios liberales del libre mercado y un conjunto de políticas que coinciden en gran parte con la sociedad y la ideología norteamericanas (1990, 90(4):6), con lo que se incrementa el influjo estadounidense en el mundo (Nye, 2003:32). Fukuyama apunta más directamente a la estrategia de penetración, dominio e imposición ideológica, concomitante al fenómeno del dirigismo cultural, como partes integrantes de un proceso gradual de imposición de un nuevo orden globalizador. Escribe Fukuyama (2004:157) que

el internacionalismo liberal, al fin y al cabo, ocupa un lugar de honor en la política exterior estadounidense. Estados Unidos fue el país que fomentó la Liga de las Naciones, las Naciones Unidas, las instituciones de Bretón Woods, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, la Organización Mundial del Comercio (OMC) y muchas organizaciones internacionales. [14]

En la misma línea estarían la ayuda humanitaria estadounidense en el extranjero y las donaciones internacionales, públicas y privadas, de diversas fundaciones (Nye, 2003), o el aumento de “las aportaciones a las organizaciones internacionales, a la Cuenta del Desafío del Milenio para proporcionar ayuda a los países que se comprometan a hacer progresos en la reducción de la pobreza, y a la iniciativa Global VIH/sida” (Nye, 2005, Marzo 04). Fukuyama (2000) es coincidente en la apreciación de la economía como creadora de valores determinados. En el proceso de creación de estos nuevos valores, siempre de carácter funcional respecto a la actividad económica empresarial, las empresas privadas son protagonistas importantes.

Fukuyama parece situar la economía de mercado también como arma de penetración y como preludio de una democracia liberal, más permeable a políticas globalizadoras influenciables socialmente y homogenizadores en lo cultural. Escribe Fukuyama (1992) que

los principios liberales en economía se han extendido y han conseguido producir niveles sin precedentes de prosperidad material. Una sociedad liberal en economía ha precedido a veces y a veces ha seguido la marcha hacia la libertad política en todo el mundo.

Las corporaciones multinacionales son igualmente otra fuente de poder de incorporación. Según Susan Strange, en cita recogida por Nye (1990, 90(4):6-7),

el poder estadounidense en la economía mundial ha aumentado debido a la producción transnacional. [Continua Strange, texto también recogido por Nye] el lenguaje norteamericano se ha convertido en lengua franca de la economía mundial y de los grupos transnacionales tanto sociales como profesionales. Las universidades estadounidenses han llegado a dominar en el campo del estudio [15] y de las profesiones más importantes, no sólo por el número de sus estudiantes, por sus bibliotecas y recursos financieros, sino también porque realizan su labor en inglés [16] . Comparada con este predominio en la estructura del saber, cualquier pérdida de capacidad en la industria manufacturera norteamericana resulta una verdad insignificante.

Buscando una definición más precisa en orden a lo que Nye nos propone, podemos decir que el “poder blando” consiste en la capacidad o habilidad de estructurar una influencia internacional que no dependa de los factores tradicionales de poder, como pueden ser la fortaleza económica o militar, la dimensión geográfica o de población, sino del adecuado manejo de sistemas simbólicos, de valores [17] , incluso de mitos, que otorgan un poder desproporcionado en relación con los de los factores tangibles. La capacidad de influencia se apoya en lo atractivo de la cultura, ideología y sistema político y depende de la credibilidad del sistema político de ese país (Nye, 2003, Enero, 10, párrafo 3, 2004). Escribe Nye (2004, Abril, 28) que

El poder blando es la capacidad de obtener lo que uno desea, atrayendo a los demás en lugar de amenazarlos o pagarles. Se basa en la cultura, en ideales políticos y en políticas. Cuando se persuade a los demás a querer lo que uno quiere, no es necesario gastar tanto en zanahorias [poder económico] y garrotes [poder militar] para hacer que avancen en la dirección adecuada.

Este desarrollo del “poder blando” en las relaciones internacionales no responde necesariamente a un intento deliberado por desarrollarlo. Muchas veces surge naturalmente de la conexión entre los valores aceptados o enaltecidos por la retórica de las relaciones internacionales y por la opinión pública internacional, y la práctica de esos valores en la política interna y externa de un país determinado. Así, afirma Nye (2005, Marzo 04)

El atractivo de un país, o poder blando, se deriva en parte de su cultura y sus valores (siempre que resulten atractivos para otros), pero también nace de las políticas de un país que se contemplan como legítimas y consultivas y tienen en cuenta los intereses de los otros. A no ser que las políticas se adecuen a los valores, la discrepancia dará lugar a acusaciones de hipocresía.
Aunque la aceptación de esos valores sea libre y se consiga sutilmente, por atracción [18] , seducción o persuasión, que otros países asuman como suyos los postulados que uno quiere y adopten nuestros objetivos considerándolos legítimos [19] , y esto contribuya a mantener la supremacía estadounidense, no debemos obviar que este proceso es parte de un proceso de acción gradual de mayor envergadura con la voluntad de implantación de un imperio universal hegemónico y homogenizador de todos los sectores de la convivencia, controlado por organismos supranacionales [20] , y en el que también jugarían sus bazas, en el debido momento y situación para afianzar el sistema, el poder punzante –sharp power- y el poder económico –sticky power- [21] . Es la vinculación del soft power con el poder económico, por su mundialización en organismos universalmente reconocidos, con el conjunto de políticas unilaterales institucionales [22] el que parece estar entrando como importante influjo en culturas herméticas como la islámica [23] .

Interpretación del efecto “Red” según el cual un producto se vuelve más valioso cuantas más personas lo utilizan

Escribe Nye (1990, 90(4):7) “los EUA tendrán que invertir bastante más que en el pasado reciente en recursos de poder persuasivo, los cuales ayudan a proporcionar un comportamiento de incorporación en cuestiones de poder”.

En términos de “poder blando” –“soft power”-, la cultural e ideológica, EE UU sigue resultando atractivo para mucha gente en muchos países. EE UU tiene más poder hoy que ningún otro país. Y la economía americana ha estado en la vanguardia de la revolución de la información: Internet, con las universidades, exportando formas culturales, o con otros medios, EE UU logra que sus productos sean deseados y utilizados por infinidad de gentes de muy diversas culturas. Ello es debido en gran parte a la posición central que ocupa en las redes mundiales de producción y distribución de información. Se difunden valores, ideas, cultura, productos y toda clase de servicios.

La ventaja de la información es igualmente importante como un multiplicador de fuerza de la diplomacia estadounidense, incluso del “poder blando [24] ”: la atracción de la democracia y de los mercados libres de Estados Unidos (Nye, 1997: 37-42, 2003, 2005, Marzo 04 ). Debe de priorizarse la diplomacia para lograr que la hegemonía en los planos cultural, ideológico y económico no sea considerado como consecuencia del ejercicio de la fuerza, sino fruto de circunstancias coyunturales debidas a interacciones socio-económicas y al multiculturalismo, que lleva a libres adhesiones personales, subrepticiamente inducidas, o educidas por ellos mismos. Esta visión otorga carta de legitimidad ante terceros (Nye, 2003). La misma “apertura étnica de la cultura norteamericana y la atracción política de los valores de la democracia [25] y de los derechos humanos también constituyen una fuente de influencia internacional” (1990, 90(4):7). Por ello tanto las reglas del Derecho Internacional como los bienes públicos mundiales, aceptados por el común de los Estados, y sustentados por las agencias de la ONU, deben inspirarse, Nye habla de “conjugarse”, en los intereses norteamericanos (Nye, 2003). La información tiene aquí gran importancia, pues como Nye sostiene, “el poder está pasando a los `ricos en información´ en vez de a los `ricos en capital´. Sin duda, la información es lo que abre la puerta al crédito, y no la mera posesión y acumulación de capital” (1990, 90(4):7).

Paralelo al poder ejercido por medios tradicionales, institucionales, políticos, económicos o militares, los medios de comunicación conforman un poder paralelo coadyuvante en la finalidad de “dominio general que las ideologías y el dinero pretenden, y con la perfección operativa que los procedimientos de desinformación han alcanzado” (Gutiérrez García, 2001:513). A través de Internet, la televisión, el cine, la música y la propaganda, el liberalismo político y económico -“que hoy en día, insistimos, en que estamos fomentando la democracia [liberal], el autogobierno [con limitación de soberanía por la sujeción a organismos y políticas internacionales] y los derechos humanos [en línea del positivismo jurídico, muchos anclados en la pura arbitrariedad y sin fundamento ontológico iusnaturalista]” (Fukuyama, 2004:177-178)- se va expandiendo del norte al sur del planeta.

Es por ello que gracias a la información, y a su dominio, un producto se vuelve más valioso una vez que muchas otras personas lo utilizan.

¿Nye está en la línea de la “americanización” o de la globalización?

La misma “americanización” está en la línea de la globalización, y va pareja a ésta, aunque el propio Nye se posiciona con claridad por la americanización [26] , pues como decano de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, en la Universidad de Harvard, defiende lo que interesa a Estados Unidos, y trata que la interdependencia que él teoriza, sea beneficiosa para su nación.

La cultura contemporánea es en su mayor parte una cultura americana. Los americanos han sido los principales artífices de su transformación en un objeto de consumo masivo, al convertirla en pura diversión y entretenimiento. A través del cine y la televisión, Norteamérica ha esparcido su cultura por todo el mundo (Nye, 1990, 2003:63). La cultura pasa a convertirse así en un poderoso medio de influencia.
La americanización de Europa o de Japón es un hecho innegable. Nye describe (1990, 90(4):6) poniendo ejemplos de la americanización en ambos lugares: los jóvenes japoneses usando prendas y logotipos americanos, y los rusos comprando su música.

El dominio americano en los contenidos, la estructura y la tecnología de los medios de comunicación, ha representado el mejor apoyo para el imperialismo político, económico y cultural de los Estados Unidos en detrimento de los valores culturales de otras naciones, que han sufrido el proceso de americanización.

La cultura popular es una de las principales exportaciones de Estados Unidos. El mayor número de entradas que se venden en los cines de Europa occidental son para ver películas [27] de los Estados Unidos. Las canciones de las estrellas pop, como Madonna, Bruce Springsteen y Michael Jackson, son himnos para los jóvenes de todo el mundo. Las hamburguesas –Burger-King o McDonald- y las bebidas gaseosas de los Estados Unidos, Coca-Cola o Pepsi-Cola, se consumen en casi todas las ciudades importantes del orbe. Nye como teórico y defensor del “poder blando” quiere esta americanización mundial, americanización [28] que está en la línea globalizadora que Schooyans (2001, 2002) denuncia como proyecto de instauración de un Nuevo Orden Mundial.

Soft Power e imperialismo.

Fukuyama (1992) lo tiene claro. El triunfo de las democracias liberales supone el principio de la etapa final pues supondrá el fin de las contiendas ideológicas. La modernización de estructuras y el avance social va parejo a la instauración de la democracia liberal y la economía de mercado (Fukuyama, 2001, Noviembre, párrafo 4), pues la democracia liberal es la forma ideal de gobierno, la etapa final de la historia (Fukuyama, 1992). No existe choque de civilizaciones (Fukuyama, 2001, Noviembre), ya que el fin de la historia es el fin de las guerras y revoluciones sangrientas y los hombres pasan a satisfacer sus necesidades en las operaciones económicas (Fukuyama, 1992). Los posicionamientos refractarios de los países islámicos debe interpretarse tan sólo como “una acción de retaguardia por parte de quienes se sienten amenazados por la modernización y, en consecuencia, por su componente moral: el respeto por los derechos humanos” (Fukuyama, 2001, Noviembre, párrafo 5).

Más atendible y sólida en este último sentido parece la tesis central de Huntington (1997, 2002:23,30) del choque cultural entre civilizaciones arraigadas a las religiones, con las siguientes salvedades. Tan sólo los países islámicos tienen fuerza interior real, por ser el único pensamiento fuerte totalizador de las múltiples parcelas de la vida social [29] , para arrostrar al rampante liberalismo político que ha entrado sin cuartel en las naciones desterrando, en proceso de progresiva “desculturación” [30] , las tradiciones y culturas autóctonas [31] . La civilización hindú, la japonesa, la ortodoxa, la africana, la latinoamericana, o la china, han ido aceptando y asumiendo progresivamente lo genuino de la democracia liberal [32] , aunque en determinadas zonas geográficas no podamos hablar todavía de triunfo, pero si como bien señala Fukuyama (1992) de “una distinta posición en el [mismo] camino [hacia la democracia liberal plena]”. Así los derechos humanos [33] “portadores de un nuevo totalitarismo” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:1089), la libertad desligada del mandato de encaminarse al bien por ley natural perenne, la soberanía kelseniana de la ley, la economía de mercado dirigida o la separación Iglesia-Estado, parecen estar tomando carta de ciudadanía mundial.

Kepel (2001:15-16.585) parece coincidir con esta radiografía de Fukuyama al constatar igualmente en algunos países musulmanes, a partir de la década de los noventa, un giro de las nuevas élites hacia una especie de “democracia musulmana”, que considera ya irreversible, en ruptura con la generación de sus mayores. Como causa de esta ruptura apunta (Kepel, 2001:29.580-581.592) la diferencia cultural. Kepel realiza ilación expresa del proceso de declive del islamismo con el “soft power” [34] como efecto de “las telecomunicaciones y la información” (2001:16) que “destruye las ciudadelas identitarias que habían pretendido fortificar la ideología islamista” (Kepel, 2001:592), y con el “sticky power” en relación a la liberalización e integración económica (Kepel, 2001:554-556.588). El nexo de influencia es evidente.

No cabe tampoco por tanto, como sostiene Huntington (1997) el buscar los atributos comunes a las civilizaciones, como camino para cimentar una paz en una especie de ética formal deontológica de mínimos kantiana, pues sencillamente carece de sentido. Salvo la civilización islámica, las restantes han sido ya subsumidas, en menor o mayor medida, por el dirigismo cultural en la línea del pensamiento único globalizador preconizado por el Nuevo Orden Mundial, y con el Islam esta praxis es inviable y nunca tendría eficacia real.

Para Fukuyama la democracia y el libre mercado de Occidente [35] , en la línea de valores del soft power, ejercen un atractivo en todo el mundo excepto en una pequeña minoría (2001, Octubre, párrafo 7), de ahí que sigamos “estando en el fin de la historia porque sólo hay un sistema de Estado que continuará dominando la política mundial, el del Occidente liberal y democrático” (2001, Octubre, párrafo 16). Kepel (2001:585.592-595), centrándose en la realidad de las sociedades musulmanas, vuelve a convenir con Fukuyama, en el devenir mundial hacia la democracia liberal, al augurar que en los países islámicos cristalizarán nuevos hábitos democráticos, frente a los que sostienen esa incompatibilidad [36] . Así veremos sin duda alguna cómo el mundo musulmán entra de lleno en la modernidad según unos modos de fusión inéditos en el universo occidental, sobre todo a través del sesgo de las emigraciones y de sus efectos así como de las revoluciones de las telecomunicaciones y la información (2001:16), al salir de la era islámica, en la apertura al mundo y en el advenimiento de la democracia las sociedades musulmanas van a constituir un futuro ante el cual no existen más alternativas (2001:593).

Coincide Nye (2004), que constata que está aumentando la evidencia que la democracia liberal puede ser una fuerza ideológica que penetre más en el Islam que el propio radicalismo musulmán.

Los derechos humanos onusianos son universales y debe exigirse su implantación mundialmente (Fukuyama, 2001, Noviembre, párrafo 5).

Tanto la interdependencia americana y una modalidad de sistema político, el liberalismo político e ideológico, vinculado al “soft power” sostenido por Nye, como la pretendida cooperación [37] pedida por el propio Fukuyama (2000), pues “nuestros instintos más básicos nos impulsan a crear reglas morales que nos unen en comunidades y a promover la cooperación”, o “el cosmopolitismo y el imperialismo” de Huntington (2004:414), en la visión y práctica global se traduce en una obra de acción gradual de entronización de una dictadura globalista, eufemísticamente llamada “Nuevo Orden Mundial”, preconizado, sustentado, y dirigido por los organismos de la ONU, y apoyado por la opinión pública internacional, opinión previa y hábilmente inducida, “amañada por quienes dirigen entre bastidores, o desde ciertos palcos, las marionetas que se mueven en el tablado de los medios” (Gutiérrez García, 2001:504); nos encontramos frente a un plan de dominación mundial perfectamente preparado y milimétricamente estudiado, que se está llevando paso a paso (Schooyans, 2002).